jueves 14 de mayo de 2009

El periódico de Rockefeller

(Anciano afligido: Vincent Van Gogh )


Aquel anciano americano que todas las mañanas recibe un ejemplar del New York Times, (...) esta edición de ejemplar único, falsificado de cabo a rabo, sólo con noticias agradables y artículos optimistas, para que el pobre viejo no tenga que sufrir los terrores del mundo.

José Saramago / El año de la muerte de Ricardo Reis


Cuando el secretario Bob Stevens entró a la habitación, la luz del amplio ventanal lo cegó con tal fuerza que tuvo que enmarcar su rostro con sus manos para poder recuperar el equilibrio visual. De espaldas, pegado al vidrio del ventanal, el anciano John Davison Rockefeller observaba los nidos que habían tejido las palomas a ambos lados del alero. Uno de ellos contenía dos pichones que empezaban a emplumar. El anciano no cambió de posición a pesar de haber escuchado la puerta, sabía que su secretario lo miraba desconcertado pues él nunca había descorrido totalmente la cortina del ventanal.
—¡Señor Rockefeller...! —dijo el secretario Bob Stevens.
—Ya sé lo que me vas a preguntar, Bob —dijo el anciano, sin volver el rostro—. Que qué hago aquí parado. Pues bien, te lo diré. Estoy esperando la nevada.
—¡Nevada! —exclamó el secretario—, ¡pero si estamos en pleno verano, señor! Disculpe pero, ¿quién le dijo que iba a nevar hoy?
—Vamos, Bob, no seas estúpido. ¡Quién más iba a ser! El periódico. ¿Es que no recuerdas que tú mismo me lo leíste esta mañana?
—Sí, pero...
—Pero nada, Bob. Si el New York Times dice, en el reporte meteorológico, que va a nevar, va a nevar sin duda.
El secretario enmudeció. Hasta ese instante no había reparado en que el periódico estaba tirado por todo el piso de la habitación. Algo también extraño porque el anciano, después de hojearlo, lo acomodaba celosamente en el largo anaquel donde lo coleccionaba desde la época en que el mundo empezó a mejorar.
Cuando John D. Rockefeller escuchó el sonido del papel y el silencioso rezongueo del secretario, volvió la mirada y ordenó:
—No, Bob, no lo recoja. Déjelo ahí, que si el New York Times fue capaz de equivocarse con algo tan pequeño como el estado del tiempo, ¿cómo creerle las cosas realmente importantes? Además —continuó el anciano, ahora apoyado en su bastón— lea ese anónimo que está sobre la mesita de noche. Lo echaron hace algunos días por debajo de la puerta. Estoy a punto de convencerme de su contenido.
El secretario Bob Stevens se incorporó soltando los papeles del periódico y se dirigió hacia la mesa señalada. Leyó la nota:

Le mienten, señor Rockefeller,
el New York Times le miente.
El mundo sigue siendo una mierda.

El secretario Bob Stevens bajó la cabeza con un gesto de impotencia. Tenía que hacer algo para devolverle la fe a su jefe. Cuando levantó la cabeza ya el anciano estaba de espaldas como si esperara en el andén de una estación el tren prometido a una hora indeterminada. Por la ventana de su décimo piso se podía apreciar una amplia panorámica de la ciudad de Richford. Abajo, escaso tránsito vehicular, una joyería con un enorme rótulo dorado: LIPEN jewelry, y pocos transeúntes. El anciano sólo podía verlos asistiéndose de unos binoculares que colgaban cerca del dintel de la ventana. Cuando escuchó salir al secretario descorrió un poco el vidrio del ventanal y tuvo al alcance de sus manos trémulas el nido que contenía los pichones. Por un momento la antigua sensación de poderío reapareció tensando sus músculos, rejuveneciendo sus facciones. Ahí, dentro de ese nido de paja estaba algo vivo, y eso vivo dependía ahora de él. Se recordó a sí mismo por los pasillos de la central de la Standard Oil impartiendo órdenes, firmando papeles. Escuchó el murmullo suplicante de sus competidores del otro lado de su oficina, la máquina silenciosa de sus monopolios tragándose a las pequeñas empresas. De repente John Davison Rockefeller levantó el bastón y de un solo golpe empujó el nido hacia el abismo dejando sobre el alero una mancha redonda como si la sombra del nido no hubiese saltado. Tomó los binoculares del péndulo cerca del dintel de la ventana y buscó infructuosamente los destrozos del nido sobre la calle. Se imaginaba los pichones aplastados bajo las ruedas de los automóviles, la sangre manando en un solo estallido, los ojitos brotados, la nieve —que no llegaba— cubriendo con su blancura su pecado. John D. Rockefeller se desespera buscando alguna maldad en ese nuevo mundo que, según el New York Times, por fin había entrado en razón y se aprestaba a mejorar cada día que pasaba, ahora, precisamente, que él no podía disfrutarlo.
Un auto se detuvo frente a la joyería. El anciano siguió con los binoculares al que salía del auto. Lo vio mirar hacia todas direcciones. Lo vio sacar un arma de fuego y entrar rápidamente al establecimiento. Su cerebro, acostumbrado ya a las buenas noticias, no estaba preparado para registrar estos terribles acontecimientos que se efectuaban frente a sus narices, por eso sintió un ligero mareo al contener la respiración para que nada de aquello se le saliera de foco. No obstante, por más que se obstinó, no pudo sostener por más tiempo los binoculares con su mano izquierda. Fueron segundos de impaciencia, de una intranquilidad molestosa, tener que descansar el brazo sobre el alféizar, encorvar su anatomía que amenazaba con desplomarse, hasta que el aire tibio de la tarde que entraba por la abertura del ventanal le inyectó un poco de energía y pudo hacer el cambio: bastón hacia la mano izquierda, binoculares a la derecha. Luego apuntó hacia su objetivo: la joyería LIPEN. Nada había cambiado. El auto seguía allí parqueado con la puerta derecha semiabierta, y la mano nerviosa del que esperaba en el volante dando golpecitos sobre la puerta izquierda y acomodando una y otra vez el retrovisor. Eso era solamente lo que el anciano John D. Rockefeller podía ver, aunque se imaginaba todo el terror que estaba ocurriendo en el interior del establecimiento. De repente el hombre salió corriendo de dentro de la joyería cargando un paquete y apuntando su arma hacia ambos lados de la vía. Cuando intentó penetrar hacia el interior del vehículo, un hombrecillo asiático salió disparando. El auto aceleró abandonando al asaltante sobre la calle. John D. Rockefeller vio cómo de aquel hombre salía un charco de sangre. Ya estaba satisfecho pero una sensación de quietud lo empezó a hostigar. Era quizás la desolación del cuarto, su cama destendida, el largo anaquel con los periódicos de los últimos años, ordenados día por día según iba mejorando el mundo, o su pobre cuerpo demolido reflejado borrosamente en el vidrio del ventanal. John Davison Rockefeller volvió a mirar hacia la calle con los binoculares. Abajo reconoció a su secretario Bob Stevens conversando con un policía y señalando hacia su ventana. Corrió la cortina, colgó los binoculares y caminó trabajosamente hacia la cama. El ruido del papel al pisarlo le recordó que el periódico aún estaba tirado sobre el piso. La tarde empezaba a caer y aún no había señal alguna de nevada. John Davison Rockefeller cubrió su rostro con la sábana, cerró sus ojos cansados, y pensó en el mal. Pensó en eso que aunque el New York Times insistía cada mañana en anunciar su pronta extinción de la faz de la tierra, seguía allí, agazapado, en estado latente, esperando el momento preciso de reaparecer, como momentos antes había aparecido en ese movimiento oscuro de su mano al derribar el nido de paloma, y en el asalto a la joyería LIPEN. Y a pesar de que mañana el asalto no aparecería en su periódico New York Times, él ya lo había leído con sus ojos, él sí sabía exactamente los detalles de lo ocurrido.
Cerca de las doce de la noche apareció el secretario Bob Stevens en la alcoba del anciano. Lo despertó con una extraña algarabía.
—¡Señor Rockefeller!, ¡señor Rockefeller!
El anciano despertó sobresaltado.
—¿Qué sucede, Bob?
—Venga, señor, abra la ventana. Es verdad, el New York Times no le mintió. Está nevando, señor Rockefeller, es increíble.
El secretario descorrió la cortina. John D. Rockefeller vio la nieve descender pegándose dócilmente al vidrio del ventanal, parecía estar iluminada dentro de la oscuridad de la noche. Se restregó los ojos con el dorso de las manos y volvió a arropar su cabeza con desgana.
—Pero, señor Rockefeller, ¿usted no...?
—Ande, Bob, vaya usted a disfrutar de su nieve y déjeme dormir.
El secretario se sintió descubierto. Era como si el anciano le restregara en la cara todo el esfuerzo que había hecho para convertir en verdad una de sus tantas mentiras. De nada había servido reclamarle al New York Times donde sólo se limitaron a disculparse por el error de haber diagramado el reporte meteorológico de uno de los días del pasado invierno. Mañana le llegaría el recibo de la 20th Century Fox, que tan amablemente se había molestado en mover sus equipos para crear la nieve sobre la ventana de tan venerable anciano.

sábado 15 de noviembre de 2008

Cuando el mundo me miró

Era la tercera vez, desde que empezó la postemporada, que lo llamaban a calentar en el bullpen sin que el equipo lo enviara a lanzar a la lomita. El novato ponía en forma su brazo con cierta dejadez pues estaba completamente seguro de que esta vez tampoco lo llamarían. El juego era demasiado importante para los Yankees de Nueva York ya que éste representaba la última posibilidad de seguir con vida para pasar a los playoff. La serie marchaba dos a cero a favor de los Medias Rojas de Boston y el partido recién se había desempatado en el decimosexto episodio gracias a un cuadrangular del primera base de los Mulos de El Bronx.

Por eso, cuando el manager sorpresivamente lo mandó llamar, el derecho recién salido de las menores se estremeció. Un escalofrío le sacudió todo el cuerpo y por un momento el ruido ensordecedor que inundaba el estadio le corrió por las venas hasta fundirse en su corazón. Se limpió la frente con el dorso de la mano enguantada, desfiló a paso doble por el pasillo pegado a las tribunas, y cuando pisó el terreno de juego el pecho se le infló de emoción. El joven lanzador sabía que esta salida representaba la salvación del equipo y quizás su propia salvación en el béisbol. La fanaticada hervía, acelerada. Cuando dirigente le pasó la pelota le dijo en inglés Muchacho, de ti sólo necesito un out, concéntrate y por nada del mundo le lances adentro; mantén tus pitcheos fuera del plato. El receptor le iba traduciendo mientras él, con los ojos puestos en la pelota, acomodaba sus largos dedos negros a las costuras de la Rawlings.

Raspó con sus ganchos el terreno del montículo hasta encajar el pié derecho. Realizó varios lanzamientos para acomodarse a las señales del receptor y cuando el bateador se cuadró frente al diamante, el novato sintió un sudor helado granulándole la frente como si en ese instante reconociera la dimensión de su rol en el lugar en donde estaba. Cerró los ojos y por una fracción de segundo retornó a la infancia, al patio de la escuela, bajo las altas jabillas, en medio de la chiquillería bulliciosa que, en largas filas, se aprestaba a entrar a los salones de clases. ¡Estudiante número 17!, escuchó que lo llamaban. ¡Venga inmediatamente!, y se vio caminando hacia donde se imponía, con su típico gesto de desprecio, la maestra de cuarto curso. Cabizbajo, incordiado por la risa burlona de los estudiantes que a su paso le decían Te jodiste, Popa Gómez, ya te agarró la maestra fuera de la fila. Se vio llegar y como siempre, doña Tatica, con su cutis de torta de cazabe y su boquita de pescado le hizo saber frente a sus compañeros, con insultos y humillaciones, que él nunca iba a llegar a nada en la vida, que por qué diablos no se podía estar quieto mientras cantaban los himnos a los patricios, que se fuera al salón a ponerse sus orejas de burro y a hincarse en un rincón. Y ahí iba el negrito Popa Gómez a obedecer a la maestra, a sumirse en la podredumbre de su propio yo. Y ya en el rincón, de rodillas, la implacable maestra descargaba sobre él, como un alud de odio, todas sus frustraciones.

El novato realizó su primer lanzamiento, Bola bajita, y entonces recordó la mañana en que entró al salón de clases y, en vez de doña Tatica, vio a un ángel sentado en el trono del cuarto curso. Bajó su rostro avergonzado y temeroso de que la figura celestial descubriera la alegría que, por un instante, relució en su blanca dentadura. Luego se dirigió hacia su asiento, al final de una de las últimas filas. Niños, su maestra está enferma y yo soy la sustituta. Voy a pasar la lista para saber sus nombres. A mí ustedes me pueden llamar señorita Molly.
Cuando la nueva profesora pronunció el número 17, Israel Gómez se presentó como Popa Gómez y los niños empezaron a reír. Luego se sentó silencioso pero feliz cuando escuchó a la educadora reprender a los alumnos y al ver, desde el montículo, cómo su segundo lanzamiento, una curva rompiente, fue abanicado por su adversario.

Al final de la clase la señorita Molly, mientras acariciaba con ternura maternal su cabellera rebelde, le pidió que se quedara un momentito para charlar con él. Un nerviosismo lo sacudió de repente; por un momento se llenó de pánico por el temor a ser regañado y luego escuchó el bullicio de los fanáticos ¡Let’s go Yankees! ¡Let’s go Yankees!, cuando el tercer lanzamiento llegó como un cañonazo al mascotín del receptor y el árbitro principal se balanceó al cantar el strike. Por qué te haces llamar Popa, muchachito, le preguntó la profesora. Porque así era como me llamaba mi mamá antes de que se muriera, maestra. Y la señorita Molly lo abrazó, y se pasó casi una hora conversando con el negrito que soñaba con ser pelotero, Porque no soy bueno para la escuela, señorita, ya doña Tatica me lo ha dicho, que yo me voy a quedar bruto como mi papá que no sabe ni la O. Y la profesora sustituta, con su carita de santa, le dijo la cosa más bonita del mundo, algo que jamás él pensó escuchar: Tú vas a ser quien tú quieras ser, hijo. No te lleves de nadie y sólo persigue los pasos de tus sueños. E Israel “Popa” Gómez recordó en ese instante, mientras su cuarto lanzamiento era bateado por la zona de foul del jardín izquierdo, cuando, ya siendo un jovencito, después de lesionarse el jugador de tercera, lo dejaron jugar en dicha posición pese a que él no estaba vestido apropiadamente. Llevaba una rotosa camisa mangas largas, pantalón vaquero viejo y remendado y lo peor de todo, y por eso no lo habían incluido en el line up, estaba calzado con unos zapatos de cuero con los tacos desgastados. Hoy vienen los escuchas al estadio, Popa, y sólo van a jugar los que estén presentables; no queremos pasar vergüenza con los gringos y, además, hoy quizás firmen a alguno de los prospectos. El negrito se sentó humildemente en el dogout hasta que al tercera base se le abrió la muñeca al tratar de atrapar una línea durísima que lo obligó a retirarse del juego.

Una rolata y cuando Popa Gómez recogió la pelota, incómodo, lanzó el disparo que llegó como un rayo a la almohadilla de primera para sacar el out. El juego se detuvo. Uno de los escuchas, sorprendido por la velocidad del lanzamiento del negrito de tercera, entró al terreno de juego y, después de quitarle la bola al lanzador de turno, lo llamó. Toma, muchacho, tira la bola lo más rápido que puedas. Un silencio en el pequeño estadio del barrio Porvenir en San Pedro de Macorís, y Popa Gómez lanzó un fuacatazo que dejó a todos boquiabiertos. Bola alta, cantó el árbitro provocando un silencio en el Yankee Stadium.

Con las bases llenas, emocionado, hundido en el entramado de su memoria, el serpentinero cometió un error que por un momento zarandeó al dirigente: le tiró al peligroso bateador una recta que cayó en la esquinita de adentro. El receptor fue a llevarle la pelota y le dijo Muchacho, ya lo tienes en tres y dos, vamos a salir de esto, tírale lo mejor que tengas. Pero la señorita Molly no regresó jamás. El aspirante a jugador profesional desertó de la escuela y, con las esperanzas en el suelo, convencido de las afirmaciones torturantes de su maestra de cuarto curso, se pasó la adolescencia ayudando a su padre a vender tortas por las calles polvorientas de Macorís y jugando béisbol en los claros de los cañaverales, donde el sol oscurecía a los boyeros, entristecidos inexorablemente por el paso del tiempo. Una tarde se tropezó en el parque con doña Tatica y le dio vergüenza que ella lo viera ya siendo un hombrecito, con un delantal y con una bandeja al hombro repleta de tortas de maíz. Bajó el rostro, apretó los dientes, sacudió con sus ganchos el polvo del montículo, buscó la señal y sujetó la pelota entre los dedos medio, índice y pulgar. Cuando soltó el fogonazo se dijo, sonriente, Míreme ahora, doña Tatica, hija de la gran puta.

martes 20 de mayo de 2008

De Territorios extraños


(Crucifixión: Dalí)


Territorios Extraños




Premio Nacional de Poesía
“Salomé Ureña de Henríquez”
1993-1994



A mi madre
que nunca ha amado
la poesía




INTROITO



VISIONES:

(Habrá que encender una vela para mirar el sol)



Yo no hablaré de lo increíble que al tocarnos de repente abre ranuras en nuestra solidez humana. Simplemente me asomo con sigilo a unas aberturas extrañas en el muro que separa mi incredulidad de mi creencia. Observo al otro lado el espacio que compone “lo que no creo”, y comprendo que he aislado la parte esencial de lo que busco: miro el color arrepentido de subir a la rosa; una mujer perdida en alguna parte de su deseo; y el vino que nunca quisimos beber, desatando las palabras de un dios.
Sé que somos una mezcla de mundos y que hemos cerrado siempre la puerta a lo irracional, a lo que no alcanza la altura de lo verosímil, y que, sin embargo, llena de roturas el círculo de la existencia.
Pero al final de las sombras estaremos siempre nosotros, como un monumento a la dualidad de esta forma hundida en los espejos, y aquella, lejanamente cerca, que desconocemos pero al mismo tiempo admitimos.
Y heme aquí, delante de estas aberturas, frente a algo extrañamente cierto; quizás frente a mí mismo, creyéndome.





Primera Puerta



Jamás se alcanza el horizonte,
salvo cerrando los ojos



Esta Ventana





Esta ventana está abierta hacia sí misma:
anillo entre dos sombras,
túnel por donde regresan mis ojos
a mi rincón de sangre.
Esta ventana no está abierta a nada,
no hay un chorro de humanidad
hirviendo entre sus párpados,
ni un camino rodando en su distancia
ni el olor a presencia de algún pájaro.
Esta ventana no está abierta a todo,
no tiene un hombre hundido en su estatura
no tiene una lámpara empujando las tinieblas
no tiene un gato dormido en su misterio
ni una voz trepando los espacios.
Esta ventana está abierta hacia su ventana
hacia su solitaria humanidad
en la pared de un algo.
Esta ventana está abierta hacia sí misma
hacia la inocente realidad de su existencia.




Detrás de las teclas quizás un ave





Quizás algo terrible pasó aquel día
que lo olvidamos todo.
Quizás este planeta no es la tierra
que nos prometieron.
Quizás morir sea la única forma
de negarlo todo.
Quizás el mal sea el esquicio real
de lo humano; y el bien, el modo de admitir
que no somos de este mundo.
Quizás nunca lleguemos a encontrar
lo que buscamos. Quizás
no valga la pena el pensamiento.




Transformación





He escrito la palabra profundo
y ha nacido un pozo en mi papel
donde cabe el mundo. Cruzo el
lindero de la palabra y ya profundo
es una mancha donde se pierde la mirada.
Escribo agua y bebo. Sangre y lloro.
Hoy todo lo escrito ha buscado su efigie
su osadía de ser, su forma.
Y he aquí escribo hombre
y surge alguien que me besa.
Escribo Dios y algo se esconde
y mi papel simplemente tiembla.



Nombrar





Nombrar
es ponerle tamaño al infinito.
Digo 2 y lo reduzco a 2
ignorando su universo.
Disminuyo a campana la campana
y olvido que en ella flotan
eternos los sonidos.
Digo Tierra y desaparecen los planetas.
Amor, orquídea, tumba,
y los sepulto en la osamenta de sus nombres.

He aquí el arcano, la razón eterna
de que Dios olvide
la verdadera dimensión del hombre
y lo reduzca a hombre.




Formas del azar





No hubiera sido necesario que naciera
la rosa para creerla. Ni que asomara
su cabeza encendida por algún espacio
del mundo. Aunque no hubiera llegado
nunca, algo, quizás una piedra, tendría
el nombre de rosa para crear el enigma
de su inexistencia. Y estoy seguro
que alguien pintaría su forma metafísica
como algo nuevo, y así poseería
la eternidad misteriosa de las cosas
creadas sin haber nacido.




Este viaje





Este viaje no tiene distancia, sólo vida.
No tiene caminos, sólo huellas;
y sólo se compone de sueños. Este viaje:
terrible el punto de regreso
cuando aún no hemos llegado
y más, el punto de partida, regresando.
Este viaje no es del hombre hacia el mundo
sino del mundo hacia el hombre:
(pozo hecho hacia el cielo,
niño pariendo a su madre) este viaje
tiene la verdadera esencia del Todo,
sin horizontes perece
donde comienza la vida
y nace en el mismo instante de la muerte.
Este viaje no tiene viaje
sólo hombres.



Enciendo un fósforo





Enciendo un fósforo y nace mi mano.
Sobre el fondo una moneda flota o quizá
la redondez luminosa del ojo de un gato.
Hago ascender mi mirada arañando las tinieblas
y se hace libre allá, a lo lejos, en la cima
de todos los quejidos.
Es que estás a mi lado y aún no lo sabía
es que viajan en mí todos los pueblos
y ahora, precisamente, llaman a mi puerta.
Enciendo un fósforo y nace
tu cuerpo tejido con la noche.
Todo está tan cerca a veces, a un frágil dolor
de distancia
pero en verdad tememos horriblemente
saberlo.




Lo que ha entrado a la noche





La noche
y toco las paredes húmedas de un grito.
En su dimensión caben una ciudad desplomándose,
el alado jardín que es la luciérnaga
y la sangre que regresa del abrazo.
Lo que termina en el grito es la piel que recorro
los habitantes del patio, la desnudez horrenda
de una mosca, y el pájaro que en este instante
dentro de sí mismo vuela.
Exploro campanas, cristales quebrán-
dose, raíces creciendo. Rescato
pared a pared la memoria del llanto
el final del silencio el origen el dolor quizás
de lo que realmente muere.



Buscaremos la puerta





Buscaremos la puerta por donde
entró la oscuridad.
El espacio interior de los dedos lleno
de mágicas llaves que abren las figuras.
Tal vez sea esto una habitación
o el mundo,
una abertura en qué creer,
frutas de luz, el temor del jardín
frente a la noche.
Una puerta, un grifo derramando
la oscuridad a chorros.




Segunda Puerta




Quizás esta lluvia no baje del cielo
sino de la memoria.






Y de repente

(Aún hay un árbol en mi niñez
que siempre quise trepar)


Y de repente encontrar en mi memoria
el misterio de una puerta
que una vez no quise abrir.
Trasponerla y descubrir del otro lado
el otro destino que nunca tomé.
Verme, entonces, bajo la lluvia
de una ciudad desconocida
ignorando el amor de este perro
que silencioso sigue tras de mí.
Y sentir en mi inconsciente que esta calle
me conoce, y que, tras otra puerta que ahora
me detiene frente a sí, pueden estar
los objetos amados de otra casa mía
o el espanto de hallar de nuevo
la realidad del lugar donde siempre
he permanecido.




Naufragio




Con un abrazo
se le rompe la superficie
al hombre que se ahoga.





Somos reales sólo




Somos reales sólo en el pensamiento de un gusano
con alas de papel y patas horribles.
¿Cuándo empezamos a existir en su cerebro
y a qué hora la creación nos hizo de vanos
materiales cerca del humo y la piedad?
El ojo del gusano de abre en el vacío y busca
algo firme donde apoyar nuestra forma.
Rueda entonces un rostro sobre un muro
también imaginado. Cae la razón de la
sonrisa y luego la sonrisa. Cae
la razón de la mirada y luego la mirada;
y ciegos sólo podemos ver la mano del amor
los espejismos rotos del amos, y a lo lejos
un alado gusano que siempre confundimos
con una mariposa.



Posada





Posada, la mariposa duerme
su porción de siglo.
Se extravía en su materia
en el orificio que es.
De pronto, un intento brusco de regreso
de salir de ella hacia este día;
torpes revoloteos en la nada
sólo sus alas están en el presente.



La tortuga





La tortuga es un reloj diminuto
en las arenas. Morir para que sea el tiempo.
Ella crece bajo un huevo marrón
y una esfera cuadrada. Para que sea
el tiempo respira y se abandona
en el ciclo de las piedras y las patas.
La tortuga, si muere, sostiene el infinito
sobre su espalda eterna.



Debajo del vino





Debajo del vino, la pequeña tortuga
que soporta el infinito nos hace creer
en el amor. Ella, en vez de piedra
es un agujero celeste donde una lámpara
inunda de olores luminosos las paredes
profundas. Si tocamos sus bordes
el precipicio se torna de cristal
y el recipiente, del que hemos bebido,
penetra más allá de los ojos
derramándose en alguna grieta
de nuestro dolor. Creer en el amor
y en nuestras manos que apenas nos sujetan
a un pedazo del tiempo.




La manzana





La manzana es atravesada por un sueño enorme
mana sangre de su materia imaginada
luz de su origen flotante, y mana
toda ella de sí misma.
Jugoso reino. Aposento roja y partida
donde beben ríos sus otras dimensiones de estar
y de existir.
La flecha en el vuelo no existe
olvidada la mano ella aún no es
a un instante de una manzana rota.
Entrar y morir en la perpetua posición
del cuchillo. Un pedazo rueda al fondo
del cerebro y crea al otro.
La manzana Es entonces
y huele a eternidad.



El fuego





El fuego sólo pudo derramarse
hasta el final de una fruta.
No pudo derribar el muro que nos
separa de las madres
ni apagar la luz de su torrente.
Vino de atrás, de donde Dios
nos teme.



El ave existe en una jaula de plumas





El ave existe en una jaula de plumas.
En el fondo de su muerte, allá abajo
vuela haciéndose cierta en lo irreal.
También tú si mueres dejas algo real
en lo irreal. En algún lugar de tu vacío
donde solo el pensamiento te creó, existes.
A lo largo de tu muerte hay ranuras
horribles por donde la vida pasa
como una luz presentida.
Si crees en el ave, tú serás el ave
y al nacer en otro horizonte del dolor
querrás volar también
dentro de tu jaula de plumas.



La noche cuelga de la luna





La noche cuelga de la luna y la
tormenta arrastra vestigios de miedo
hasta tu puerta.
La casa es un niño mojado.
Abres la sábana como un viejo portón
y entras a ese espacio
donde siempre crees que vas
sin saber que regresas;
donde sales, entrando;
donde no sientes la lluvia
mientras llueve.

sábado 10 de mayo de 2008

Escritores dominicanos en Harvard

De izquierda a derecha: Osiris Vallejo, Josidalgo Martínez, Rubén Sánchez Féliz, José Acosta y Tomás Modesto Galán

Escritores dominicanos en Harvard

NUEVA YORK — Cinco destacados escritores dominicanos, residentes en la ciudad de Nueva York, leyeron sus creaciones en la prestigiosa universidad Harvard, de Massachusetts, el sábado 3 de mayo de 2008.

Los escritores José Acosta, Rubén Sánchez Féliz, Osiris Vallejo, Josidalgo Martínez y Tomás M. Galán, leyeron sus obras en inglés en el evento The Art of Words Festival, que se celebró de 11 de la mañana a 5:30 de la tarde, en los salones Kirkland House Junior Common Room, localizados en el 95 Dunster Street Cambridge, en Harvard University.

The Art of Words Festival es una presentación de Jean-Dany Joachin y Brian Thompson, y en la misma, además de los escritores dominicanos, también participaran los escritores Philip Burnham, Elkin Echeverri, Sole Nazaraire, Isabella Ruggerio Du Mond y Bob Dall, entre otros.

La actividad forma parte de la serie de lecturas de Harvard: City Night Readings Series, la cual incluye presentaciones de libros, noches de poesía y música, y otras celebraciones literarias.

lunes 28 de abril de 2008

El constructor de caminos


El constructor de caminos

Poema

A Antonio Acosta, mi abuelo


«Debe existir un camino por donde se cruce de un día hacia otros días sin necesitar del tiempo», estas fueron las últimas palabras de mi abuelo antes de desaparecer en el calor húmedo de un día de mayo.
A diferencia de los otros lugareños en las lomas de Puerto Plata, a mi abuelo no le obsesionaba la lluvia o la sequía, la abundancia o la escasez en las plantaciones. Su verdadera obsesión eran los caminos. Y no tomarlos por asalto para descubrir su fin o su principio, ni siquiera seguir sus trayectorias en un mapa con una pluma de pavo. Era más bien construirlos, hacer caminos donde a ningún ser humano se le hubiese ocurrido que pudiera construirse un camino. Para esto reducía sus herramientas a un pico, un machete gastado por la vejez, y un pedazo de piedra de amolar.
Salía todas las mañanas bajo la protesta de los nietos y de los hijos solteros que aún permanecían en la casa: “¡Que papá ya usted está muy viejo para eso!”, “¡que abuelo ya la finca está llena de caminos!”. Hasta que lograba amarrar dos trozos de batata y unas lonjas de queso en un pañuelo antiguo, y salir, perdiéndose en la lejanía.
«Debe existir un camino por donde se cruce de un día hacia otros días sin necesitar del tiempo», dijo esa mañana, mientras desaparecía tras los racimos de una llovizna blanca.
El abuelo no volvió más.
Aún mamá dice que murió un día de mayo. Yo creo que él vive, que él está allá, en el mañana, quizás abriendo, con sus rústicas herramientas, otro camino hacia el futuro.

jueves 17 de abril de 2008

El tigre



El tigre

Cuento


Mamá, esta es la tercera carta que te escribo desde el lugar donde me tiene escondido el FBI, para jurarte que no es verdad lo que andan diciendo de mí en el barrio. No sabes la tristeza que me causó enterarme a través de Altagracia, que los muchachos del bloque te han estado llenando la cabeza de basura. Sólo espero que esta carta sí llegue a tus manos para que puedas entender mi súbita desaparición.

SE DECLARA INOCENTE HOMBRE LIBERÓ TIGRE DE BENGALA

AP
NUEVA YORK — El hombre que en junio pasado dejó abierta la puerta de seguridad del territorio del zoológico de El Bronx donde mantienen en cautiverio a un tigre de Bengala, se declaró inocente ayer de los cargos que pesan en su contra.
El zoólogo Carl Jefferson, de 64 años de edad, fue acusado de varios cargos de negligencia en segundo grado, tras admitir haber dejado en libertad al felino, asegurando haber obrado a pedido del animal.
Jefferson declinó la defensa de sus abogados basada en locura temporal, y volvió a sostener ayer delante del jurado, compuesto por nueve hombres y tres mujeres, que el tigre de Bengala le pidió “que lo dejara en libertad porque quería regresar a la India”.


Corte Suprema de Justicia

Un oficial de camisa blanca impecable, sin inflexión en la voz pero con cierta solemnidad, anunció la entrada a la sala del honorable juez Michael Kais. Los asientos vacíos del court room, los rostros largos, somnolientos, de los doce miembros del jurado, junto al constante tecleo de la flaca y encorvada escribiente, envolvían la atmósfera en un velo pesado, aburrido.
Ya llevaban dos semanas discutiendo tecnicismos. Dos semanas que habían logrado borrar de los asientos a los reporteros que en principio se hicieron eco del extraño caso, y amenazaban además con languidecer al juez Kais, el cual, como una columna, más bien del edificio de la corte que del sistema judicial, y a fuerza de costumbre, había adquirido la destreza de dormir con los ojos abiertos, con una expresión un tanto improbable de atención o de interés en su rostro afeitado y como pulido a navajazos.
Fue, quizás, a causa de ese estado, que se podría calificar de despierta somnolencia, que el magistrado aceptó, y así lo comprobó la semana siguiente en el reporte de la taquígrafa, la petición absurda de la barra de la defensa, que ya había agotado todos sus recursos a favor de su cliente, de traer a la sala del tribunal al tigre de Bengala para que el jurado tuviera ocasión de confirmar por sí mismo las declaraciones de su defendido.
Al honorable juez Kais se le cayó la acicalada mandíbula al escuchar a uno de los abogados defensores pedir la presencia en la sala del animal. Golpeando nerviosamente el estrado con el martillo, y pidiendo orden en la sala pese a que ésta observaba un silencio sepulcral, el magistrado exigió una explicación acerca de la presencia del felino y, tras obtenerla, pidió leer sus propias palabras en la cinta de la lánguida reportera de la corte. No tuvo más remedio que aceptar al cuadrúpedo testigo que, luego de entrar, con su elástico cuerpo cubierto de rayas negras sobre un fondo pardo herrumbroso, realizó varias cabriolas dentro de la jaula, defecó abundantemente como para marcar su nuevo territorio en tanto miraba al jurado que de repente parecía zafarse de un sueño profundo, como si en ese instante descubriera que se hallaba en una sala de la corte, en un proceso judicial y ante un juez.


Todo ocurrió el verano pasado, mamá, en un juicio que se le seguía a un viejo que dejó escapar del zoológico de El Bronx a un tigre de Bengala y en el cual serví de jurado. Fue un acontecimiento que pasó un tanto desapercibido por los medios de comunicación, pero ya le pedí a Altagracia que te lleve como prueba los artículos que se publicaron a raíz de la liberación del animal, que por suerte fue atrapado enseguida en los muelles del sur del condado, tratando, al parecer, de colarse en uno de los barcos mercantes.
Pasamos muchas horas aburridas escuchando las declaraciones del acusado. El tipo, en principio, me pareció un caso psiquiátrico ya que nunca cejó en afirmar que el tigre le había hablado. Porque de eso se trata, mamá, de un tipo que juraba que un animal de la selva, de esos que salen en la televisión, había conversado con él con palabras humanas, y le había pedido que lo dejara regresar a su tierra, a la India.
Yo sé que esto te suena a historieta barata, a especie de doctor Doolitle, pero recuerda que yo nunca te mentiría, mamá, y menos conociendo de sobra tu estado de salud.


—Señor Carl Jefferson, ¿podría usted darnos sus generales para ilustración del jurado?
—Con gusto: mi nombre es Carl Louis Jefferson; nací en California el 17 de abril de 1936. Casado, tres hijos; una maestría en veterinaria por la Universidad Columbia de la ciudad de Nueva York y un doctorado en zootecnia por la Complutense de Madrid.
—¿Cuántos años ha trabajado en el Zoológico de El Bronx?
—Siete.
—¿Podría usted explicarnos qué sucedió el pasado 14 de junio?
—Eran las doce del mediodía cuando escuché aquella voz mezclada con cortos gruñidos. Yo me encontraba cerca del área del zoológico seccionada con altas vallas, especialmente construida para el tigre de la India, que el parque había adquirido dos años atrás. Al principio pensé que el felino tenía atrapado a algún visitante, y que, además, por los gruñidos, lo estaba devorando. Debo reconocer, empero, que aquella voz no era, ni expresaba, pedido alguno de auxilio. Luego, al observar a través de los visillos de la valla, me encontré con tamaña sorpresa: el tigre de Bengala era el que hablaba, y me hablaba a mí.
—¿Hablaba como una cotorra, como un papagayo?
—No; esas clases de aves no hablan; imitan sonidos humanos. El tigre de Bengala me habló como yo le estoy hablando a usted en este momento.
—No más preguntas, su señoría.


El abogado de la defensa utilizó todos los medios a su alcance para intentar convencernos de que el doctor había cometido un acto de amor por los animales. Muchos de los compañeros del jurado, desde la primera reunión que sostuvimos en privado, ya habían decidido su veredicto: culpable. Y era que todas las pruebas, además del sentido común, así lo señalaban. Pero, mamá, el día que trajeron a la bestia a la sala, todo cambió. Aunque no lo creas, madrecita del alma, te lo juro por la Virgen de la Altagracia, el tigre de Bengala, después de quedarse mirando al acusado largamente, como dominado por una tristeza infinita, habló. El felino se expresó coherentemente, con la serenidad y la sutil inflexión admonitoria con que suelen hablar los clérigos durante la homilía. El juez sufrió un colapso. Cayó patas arriba distrayendo por un instante el monólogo del animal que, apoyando sus garras en los barrotes, sólo le dirigió una mirada amarilla e indiferente, como si viera en la acción del juez a un conejo escabullirse dentro de su cueva.
La taquígrafa enderezó su joroba, miró hacia todos lados como tratando de descifrar el origen de aquella voz subyugante y pausada, pegó el grito en el cielo, y quiso salir huyendo de la sala sacudiendo los brazos hacia el techo y gritando incoherencias. Un policía de la corte, indeciso entre cumplir con su deber o escapar también de aquello, a todas luces inefable, la detuvo un instante hasta que los dos, tomados de las manos como dos novios que corren por los pasillos de un barco que se hunde, se dieron a la fuga sembrando el terror en todo el edificio. No fue sino hasta que un grupo de uniformados entró abruptamente a la sala, que el animal guardó un silencio casi humano y luego, cuando la atmósfera se distendió, empezó a emitir los gruñidos propios de su naturaleza.
Al otro día me fueron a buscar a mi apartamento, mamá. Era el FBI. Por razones de seguridad, las personas que presenciaron el inusual acontecimiento, tenían que ser sometidos a tratamiento psiquiátrico. Después de un mes en una clínica, nos obligaron a escondernos de la sociedad, bajo el programa de protección de testigos del Buró Federal de Investigaciones. Ya llevo dos años viviendo en un sitio de donde sólo se ve, desde mi ventana, un inmenso campo de algodón, varios terraplenes, y el hilo resplandeciente de un río lejano. Tenemos salidas restringidas y todos los meses aceptan que nos visite una persona. Altagracia ya ha venido dos veces. Es con ella con quien te envío esta carta, mamá, para que no creas lo que dicen los muchachos del bloque, que dizque a mí me sentenciaron a cadena perpetua por traficante de droga. Yo sé que tú no les vas a creer esas mentiras a esos desgraciados, porque tú sabes que yo nunca te mentiría, y menos en el estado en que te encuentras.

miércoles 26 de marzo de 2008

En busca de Karen Summer


(Felipe Molina: Embryology)

En busca de Karen Summer

Cuento

Cuando toqué el timbre de la puerta el corazón se me quería salir de la emoción. Tanto buscar y buscar y por fin había llegado a la casa de mi amada, de la mujer que siempre había soñado para mí. En la ventana del lado derecho apareció como un pan descascarado el rostro de una anciana. Vine a hablar con Karen Summer, le dije cuando subió el cristal. La vieja desapareció y segundos después la escuché luchar con el picaporte de la puerta. Cuando la tuve frente a mí, visiblemente perturbado por una extraña excitación, le señalé, nuevamente, el motivo de mi visita. La mujer, tras retratarme con sus ojitos aguados, se sonrió y me hizo señas de que pasara.
Después de atravesar un sombrío corredor, llegamos a un saloncito de pinturas baratas cuyo decorado se parecía al de los cafés. Luego subimos, no con poco trabajo, por una escalera que se enroscaba en una columna de mármol como una serpiente. La anciana era alta y torcida, de andar pausado y seguro. Cuando alcanzamos el ático, en la pared derecha de la sombría estancia una fotografía donde aparecía la anciana al lado de mi amada me confirmó que no me hallaba en el lugar equivocado. Dimos unos pasos y, detrás de una cortina, se abrió una especie de museo con los más variopintos objetos alusivos a mi hembra: carteles, encendedores, muñecas de plástico, penes terminados en ese su rostro que, pese a ser una estrella porno, nunca había perdido la virginidad, la frescura, la sonrisa sincera que siempre abandonamos al salir de la adolescencia.
He buscado a Karen Summer toda mi vida, le hice saber a mi anfitriona, con la expresa intención de que me dijera, por lo menos, cuándo llegaría ella a la casa. La anciana me condujo entonces a una especie de balconcillo, al final de las paredes donde, en polvorientas vitrinas, se extendía la colección de objetos de mi amada actriz. Me detuve un instante a examinar la parte donde tenían la totalidad de sus películas en video casetes. A vuelo de pájaro supe que mi filmoteca era exactamente igual a la de ellos. Desde Taboo, su primer filme, donde ella se deja seducir de su propio hermano y de su padre, sin que, como era característico en ella, llegaran a la penetración; hasta Women Paradise, su última representación en el mundo porno. Aquí ella se envenena por el desdén de un amante y, dentro de un ataúd, un ángel, enamorado de su belleza, la posee.
Debo explicar que cuando digo “la posee”, no me refiero al coito común al que nos tiene acostumbrado el sexo. No, en las actuaciones de Karen Summer, el sexo no pasaba de ser una pura y simple representación. Y, quizás, esa manera suya de fingir las relaciones sexuales, esa maravillosa forma de conservar la virginidad de su himen, de salvaguardarlo de esa podredumbre con la intención, quién sabe, de llevarlo puro al amor verdadero, a la verdadera entrega, fue lo que provocó que me enamorara de ella. Yo, un adolescente, enamorado como un loco de una mujer de celuloide; comprando, a escondidas de mis padres, una a una todas sus películas. Y tanto más las veía cuanto mayor era el llamado de mi corazón a hacerla mía, sólo mía.
Siéntese allí, me señaló la deteriorada señora cuando la luz del balconcillo nos mojaba la cara, y luego desapareció lentamente tras la cortina del salón. Mientras escuchaba sus pasos que se ahogaban escaleras abajo, no pude dejar de apretar fuertemente los puños para manifestar mi emoción. Por fin, después de tantos años, había dado con la mujer de mi vida, con Karen Summer.
Y la búsqueda no había sido nada fácil. Era como tratar de descubrir un fantasma en el mundo real. Pero ese fantasma sí valía la pena. ¿Acaso no se afana uno en procurarse la mejor mujer para compartir este pedazo de eternidad que llamamos vida? Y Karen Summer ¿no me había dado muestras más que suficientes de su pureza, ella, que vivía en el lodo, sin ensuciarse? Su búsqueda, como señalé, fue difícil. Su nombre, para empezar, era falso, un simple nombre artístico. Por esa vía no llegaría muy lejos. Mis primeros intentos de localizarla desembocaron en el fracaso. Nadie, en el continente americano, se llamaba de esa manera tan exótica, tan hija de alguna mentalidad trasnochada y sin talento como suele ser la de los productores de filmes pornográficos. Pero existía un medio: las productoras de esta clase de películas. Las llamé incansablemente sin que ninguna me diera pista alguna de su paradero. En muchas ocasiones, vía telefónica, me hice pasar por un inversionista interesado en su talento. Los tipos se reían y me colgaban. Envié correspondencias a las más prestigiosas agencias de este género, sin que jamás me respondieran. Al final, cansado, abandoné la búsqueda y dejé que el tiempo cruzara sobre mí. Con los años me di a la bebida, me convertí en un hombre solitario, escuchaba la música de los sound tracks contenidos en su filmografía, acompañado de una botella de whisky y los recuerdos de mi hembra. Yo era Onán y ella Afrodita. Sí, Afrodita, la diosa que puede ser, a la vez, luminosa y oscura; reinar en el espacio donde coincide el placer y la muerte, el amor y el odio, la voluptuosidad y la traición. Seductora de dioses y de hombres; patrocinadora de los afeites y la prostitución, pero, en último término, como si el bien y el mal se perpetuaran en equilibrio, diosa, doblemente diosa, pura y manchada, eternamente virgen.
Una madrugada, a la hora en que la nostalgia nos desvela y los recuerdos se concretizan, una llamada anónima, después de confirmar mi nombre, me dijo: Si quieres conocer a Karen Summer, ve a esta dirección. Era increíble. Después de tanto buscar, al fin, de la manera más simple, había conseguido mi objetivo.
La anciana, como una sombra que de repente adquiere color, apareció en la puerta del balconcillo. Se sentó a mi lado y, con manos temblorosas, se dispuso a mostrarme las fotos del pesado álbum que había traído consigo. Su jadeante respiración denunciaba lo difícil que había sido para ella subir las escaleras con tan pesado motete. Y es que el álbum era de una dimensión ridícula, inmanejable. Cuando abrió la mano derecha para alisar una de las micas, le vi un tatuaje en la palma que me paralizó el corazón: la “K”, de Karen, invertida como una mariposa. ¿Era también, esta mujer, fanática de mi amada? Por un instante tuve una terrible sospecha pero no, yo sabía que aquello no tenía sentido. Le seguí el juego a mi anfitriona, aburrido, con el único propósito de que el tiempo pasara.
Aquel álbum era como una fotonovela: la vida de mi amada, en sus diferentes etapas, se iba mostrando en aquellos cuadros gastados por el roce del tiempo. Mientras avanzaban las fotos, aburridas fotos, donde se retrataban sonrisas, paisajes, reuniones familiares o de amigos, quise, con cierta desesperación, que aquella película muda terminara. Algo, quizás la reticencia de la anciana, la oscuridad de la noche que empezaba a robarse la forma de los objetos, o mi ansiedad de ver personalmente a mi hembra, me hacía presentir una extraña sensación de vacío, de vaguedad, como si ese universo que yo había construido con mi actriz porno, estuviera en el filo de un precipicio, a punto de empezar o de concluir.
Cuando aparecieron las últimas fotos, las afirmaciones cariñosas de la anciana me vaciaron el futuro. Según sus palabras, Karen Summer había muerto. Y las fotos de su deceso así lo confirmaban. No sé por qué, como un gesto de comprensión, extendí mis manos y le acaricié la mejilla. Yo era, y así ella también lo entendía, el último vestigio de su vida, su último y verdadero fan, la única huella que había sobrevivido de su efímera fama en el celuloide. Al final, el álbum mostraba algunas cartas amarillentas que yo le había enviado y que jamás pensé que ella había recibido. Bajé las escaleras y escuché, no sé si llanto o risa, ruidos en el ático. Karen Summer, mi bella actriz, mi virgen amada, había muerto. Pero yo sabía que esas fotos habían sido tomadas de su última película, que Karen Summer estaba viva, dentro de un cuerpo demolido, gastado, horrorosamente viejo.
Abrí la puerta y salí. De entre los rosales del jardín, saqué el bastón que, antes de tocar el timbre, había escondido para tratar de impresionar mejor a mi amada. Luego caminé, con el alma cansada, por las calles siempre luminosas de Hollywood.