sábado 19 de diciembre de 2009

Tratado de enfermería (cuento)


(Sueño: Pablo Wizenberg)


Con la tensa quietud de quien duerme en la rama de un árbol o al borde de un abismo, Torrijos estaba entregado a un sueño reparador. De súbito, como si sintiera brasas bajo el cuerpo, dio un giro brusco sobre la cama, tropezándose con un objeto extraño que le hizo despertar con un sobresalto. En la habitación ya se había instalado el olor cáustico y espeso a incienso y aceites aromáticos que ascendía de la botánica del piso bajo. Eran las siete, dedujo por el olor, hora de prepararse para ir a trabajar. Se envolvió en el cobertor y fue y encendió la bombilla. Allí, sobre los pliegues de la cama, a un palmo de la almohada, apareció un libro. Un libro grande, como una bandeja, de cubierta negra y unas letras tan pequeñas que Torrijos no se molestó en ir a leer. «Paula lo habrá olvidado allí», se dijo, y corrió al baño.
A las siete y cuarenta y cinco, ya Torrijos se había puesto su ropa de primavera. Una camisa de paño crema, pantalón de algodón azul oscuro y corbata floreada. La chaqueta negra y el pelo revuelto le daban la apariencia de empresario moderno o de estudiante rebelde. En el espejo de la habitación, aparte de su rostro pequeño y saludable, se reflejó el libro, como un hueco oscuro y siniestro en el lecho sin tender.
Torrijos abrió un cajón de la cómoda y sacó sus espejuelos, el reloj de pulsera y un teléfono celular que se ajustó al cinto como un cuchillo de explorador. Por un instante, mientras se abrochaba el reloj, pensó llamar a Paula, pero luego se contuvo. Si Paula necesita el libro, pensó, ella sabe dónde encontrar las llaves.
Cuando abrió la puerta de salida, le asaltó una fragancia penetrante a detergente de piso que le empezó a cosquillear en la nariz y luego le hizo estornudar. Escuchó unos pasos por la escalera mientras estaba de espalda, entretenido con la tarea de cerrar los tres llavines de la puerta. Al volverse, escuchó la metralla y sintió cómo el plomo, como puñetazos, le atravesaba el pecho. Torrijos cayó al piso y al girarse de dolor sintió un cuerpo extraño sobre la cama: era el libro, ya no tenía que encender la bombilla para saberlo, y se alegró en extremo de percibir, ahora sin duda despierto, el olor quemante y sólido del que se impregnaba su habitación cuando los dueños de la botánica del primer piso encendían incienso y empezaban a preparar los baños para la suerte y el amor. Después de un aseo reconfortante que le hizo echar a un lado la aterradora pesadilla, escogió de nuevo la corbata de flores amarillas y rojas, en honor de los olores de sus vecinos, y salió con premura sin reparar en el libro, al que sólo le dedicó una mirada exenta de curiosidad mientras bostezaba ante el espejo.
Cuando estaba ocupado con las cerraduras, ya no le cupo la menor duda de que los pasos en la escalera eran del conserje que, madrugador, trapeaba los pasillos con desinfectante barato. Al volverse, su cuerpo fue zarandeado por la descarga, pero esta vez, al abrir los ojos sobre la cama, tras pegar un grito de verdadera sorpresa, de pánico, le consoló la idea de haber vislumbrado una sombra azul, con destellos lumínicos, que se perfilaba en el pasillo entre un vapor nebuloso.
Torrijos, contrario a la ocasión anterior, esta vez se despertó —porque ahora estaba completamente seguro de haberse despertado— por la explosión de espanto de sus gritos, y no por la incómoda presencia del libro, el cual buscó primero mediante el tanteo, en la penumbra, y luego con la bombilla encendida, sin dar con él.
La no aparición del libro le infundió a Torrijos cierta tranquilidad, pero no tanta como para no tomar precauciones contra el asesino de la pesadilla, ya que experimentar la muerte era lo bastante aterrador como para volver a entregarse a ella. «¿Y si el sueño era una señal? —pensó, con un repentino estremecimiento de horror— ¿Si en la vida real, alguien, quizás un cliente inconforme de la agencia, me estuviera esperando para matarme?» Torrijos caviló unos instantes y luego se levantó, descorrió la cortina de la ventana hacia la calle, la de la escalera de incendios, y miró a través de los protectores metálicos. Eran las siete y quince minutos de la mañana y el vecindario recobraba la vida. Mujeres empujando coches de bebés, carros pasando por la calle, trabajadores con pasos apremiantes. Torrijos hasta quitó el seguro de la reja, la plegó un poco y a continuación levantó un par de pulgadas el cristal de la ventana. El ruido de la calle, el aroma más intenso de la botánica, el aire primaveral que invadió la habitación como un payaso invisible cargado de artilugios festivos, le arrancaron un suspiro de satisfacción. No obstante, después del rito diurno mediante el cual se preparaba para salir al trabajo, no dudó en usar la escalera de incendios para alcanzar la calle como medida de prevención.
No bien llegó a la agencia, llamó a Paula y le preguntó por el libro. «No, Gabriel, ni siquiera tengo un libro que responda a esa descripción». Paula era una estudiante mexicana que le hacía la limpieza, de vez en cuando le preparaba cena, y los fines de semana se acostaba con él. Era un mujer pequeña y ágil, de rasgos indígenas y sonrisa triste, que había cruzado el río Bravo con el anhelo de ser enfermera. Torrijos la conoció en la agencia, en estado lamentable, y la ayudó a ubicarse en el país, procesando su solicitud de residencia sin cobrarle un centavo, poniéndose él mismo como empleador.
Andrea, su asistente en el negocio, una joven esbelta, de semblante infantil y porte arrogante, se espantó con la pesadilla que le relató Torrijos con lujo de detalles, y le juró que nadie, ninguno de los clientes, se había quejado de su trabajo.
Pero Torrijos no se confió. A las seis de la tarde salió de la agencia por un callejón paralelo al local, sorteando botes de basura, y en la primera tienda que encontró en su camino compró una boina gris, una chaqueta azul del equipo de pelota de los Yankees de Nueva York y un bastón. Antes de entrar al edificio esperó que la acera se despejara y en el lobby, que se veía desde fuera, no hubiera un alma. Entró con la rapidez y sigilo de una rata que atraviesa un salón de baile en plena actividad, sin detenerse a revisar su buzón de correo, subiendo a grandes zancadas la escalera. Abrió la puerta casi a ciegas, con el rostro vuelto hacia el punto en donde había surgido el asesino, y al entrar se llevó el susto de su vida al encontrar a una persona en el apartamento. Era Paula, quien a su vez pegó un grito de terror al no reconocerlo con el atuendo que llevaba puesto.
—Pareces un ladrón —le dijo ella.
—Peor es que parezca un muerto —dijo Torrijos, y mientras se quitaba la ropa le contó el sueño.
Esa noche Paula tenía que asistir a la universidad, por lo que Torrijos, que hubiese preferido que se quedara con él hasta el día siguiente, no le exteriorizó su deseo y la dejó que se marchara después de cenar, en el momento en que se escuchaban, a través de las ventanas de la sala, el chirrido de las puertas corredizas de los establecimientos comerciales cercanos, que apagaban con ello la vida del vecindario. Torrijos esperó hasta muy tarde, ante la televisión encendida y con la mirada ausente, entrar al dormitorio. Sin un plan preconcebido ni razones sustanciales, se había propuesto dilatar lo más posible el momento de irse a dormir. Cuando lo venció el cansancio, se dio un baño tibio; se secó y revisó luego, palmo a palmo, la cama, aun bajo las almohadas. Más confiado, se acostó, vestido sólo con un calzoncillo.
Giró bajo la sábana y al tropezarse con —ya era obvio— el libro, sufrió un estremecimiento. Saltó como enloquecido, partiendo a manotazos la fragancia espesa de la botánica, y encendió la luz. Allí, sobre la cama, entre los pliegues, como un agujero, se apreciaba el libro, y Torrijos, con ahogos de turbación, huyó hacia la sala como si en su dormitorio se hubiese desatado un incendio. Estaba despierto dentro de un sueño, analizó más calmado mientras veía la mañana encender los ventanales, y lo peor era lo que seguía a continuación: el asesino de la escalera, su asesino.
Paseándose de un lado a otro con la cabeza inclinada, Torrijos, con cuyo pragmatismo en el mundo real se había hecho propietario de un negocio sorteando con ingenio de prestidigitador el asedio de sus acreedores, ahora, mirando la situación desde otro ángulo, no podía despreciar el caudal de beneficios que ese estado de lucidez le podría brindar. «Estar despierto en un día que de seguro se repetirá mañana es sumamente ventajoso», se le ocurrió de repente. «¿Y si yo descubro los números de la lotería antes de que se realice el sorteo? Si me adelanto a las carreras de caballos, a los partidos de béisbol, ¿no me haría rico con las apuestas?» Por un momento su mente le dio un vuelco y, aunque tenía sus reservas sobre la veracidad de su teoría, sonrió rebosante de felicidad. Regresó a la habitación y tomando el libro, lo besó, pues éste representaba la señal inequívoca de que se hallaba en un sueño. Fue tanto su entusiasmo que Torrijos, por primera vez, reparó en él, leyendo el título de la cubierta: "Tratado de Enfermería". Pero en ese instante, al analizar el título, lo fulminó la duda. ¿Y si ese tratado de enfermería fuera de Paula y no, como él suponía, el libro de su sueño? Torrijos estaba seguro de haber inspeccionado la cama antes de acostarse pero, ¿lo había hecho dormido o despierto? Sólo había una manera de saberlo: salir a la calle; ir a la agencia. De todos modos se hacía tarde: eran casi las ocho. Descorrió la cortina y vio el bullir de la primavera en la vía pública. Se vistió y, precavido, volvió a salir por la escalera de incendios.
Después de bajar a la calle, caminó a la estación de autobuses, pero, movido por la curiosidad, volvió sobre sus pasos y se detuvo frente al edificio donde se hallaba su residencia. Por un momento se sintió ridículo, esperando a alguien que si en ese momento saliera, él jamás podría reconocer. Como llevaba puesto el camuflaje del día anterior, se armó de valor y franqueó la puerta. Un escalofrío le invadió el cuerpo cuando vio, de espalda, pistola en manos, apuntando hacia su puerta, a un oficial de policía. Ya no existía forma de haberse equivocado: estaba durmiendo o, dicho de otro modo, estaba despierto y en su sueño un hombre lo estaba esperando para matarlo. El resplandor del detergente barato, una mezcla de extracto de pino y trementina, le provocó un estornudo que apenas pudo ahogar con las manos. El policía se volvió y le hizo señas de que guardara silencio y se alejara del lugar. Después de una espera larga que a Torrijos se le antojó absurda y desesperante, el oficial guardó el arma, bajó las escaleras y salió. Torrijos lo siguió.
Por espacio de unos diez minutos, Torrijos vio al uniformado enfilarse pensativo por la acera de la avenida, y al verlo detenerse en la parada de autobuses, a fin de guardarse de ser identificado, se detuvo a una distancia prudente. Cuando el vehículo llegó, Torrijo tuvo que correr un poco para tomarlo. Durante todo el trayecto, el policía permaneció de pie cerca de la puerta trasera, con expresión lejana, visiblemente ansioso. De vez en cuando miraba por las ventanillas para irse informado sobre las calles que el autobús iba dejando atrás.
Más tarde, al apearse del vehículo detrás de su perseguido, con los ojos desencajados, mezcla de contrariedad y estupor, Torrijos tuvo que rendirse a una terrible evidencia: el uniformado se dirigía a su negocio. «Me anda buscando para matarme», se dijo, y esperó que el homicida del uniforme azul entrara y saliera de la agencia, acto que duró pocos minutos.
La persecución continuó hasta que Torrijos decidió enfrentar a su asesino. No tenía nada que perder, consideró por el camino, pues si el policía le disparaba lo único que podía suceder era que despertase en su habitación. Por consiguiente, cuando lo vio entrar a un restaurante, pedir un café y sentarse a una mesa, Torrijos se quitó la boina, puso el bastón sobre la mesa, frente al uniformado, y dijo:
—Si no me equivoco, usted me anda buscando.
El policía se levantó, contrariado. Al rozar la mesa el café se derramó un poco. Torrijos continuó con un gesto desafiante.
—Ya van dos veces que usted va a mi casa y me dispara, y quiero saber por qué.
—No sé de qué me habla —dijo el uniformado, retornando al asiento—. Pero cuídese de mí, Torrijos. Yo no voy a esperar a que la justicia le cobre lo que usted le hizo a mi novia. ¡Se lo aseguro!
Ante aquellas palabras, Torrijos lanzó un suspiro de hastío, de impotencia. El tono resuelto del uniformado bloqueaba cualquier argumento persuasivo, por lo que Torrijos comprendió que cada mañana lo tendría ante su puerta con el único objeto de estropearle en sueño. Ni siquiera se molestó en explicarle que, en ese momento, él, el policía, en cuya placa se leía: "Martínez", era un ser ficticio, un personaje de un sueño, que posiblemente no contaba con un refugio en el mundo real. Tampoco quiso indagar sobre la acusación que existía contra él, pues, según temía, el saberlo podría abrir un cause desconocido dentro de su sueño, un camino sinuoso y probablemente más difícil de evadir que el que le ofrecía cada día el uniformado a la salida de su vivienda. No; Torrijos no quería saber nada. A Torrijos sólo le interesaba sacarle provecho a su estado de lucidez. Por eso se levantó de improviso para internarse en la ciudad, aceptando a su perseguidor como el durmiente acepta sin remedio el timbre del reloj despertador.
Esta vez Torrijos, tras levantarse y dar unos pasos, sintió como si le patearan el trasero. La descarga de balas lo impulsó y en su caída también se fueron al piso dos mesas y cuatro sillas. Cuando se giró con dolores punzantes en las costillas, el libro estaba ahí, y Torrijos se alegró de haberse alejado de esa manera tan abrupta del restaurante. Aspiró con delirio el olor en otro tiempo repulsivo que emanaba de la botánica, se vistió con su corbata floreada y salió a la calle por la escalera de incendios.
En la agencia se sintió henchido de emoción, estaba dormido y dentro de su sueño la realidad aparecía tan concreta y desnuda como en la vida real. Al mirar por los cristales de la agencia le pareció que el mundo que hervía afuera estaba en sus manos, porque él, Torrijos, podía hacer lo que le viniese en ganas y sólo tenía que darse un disparo para despertar. Para confirmarlo, para estar seguro de que suicidándose podía regresar a su habitación, Torrijos abrió la puerta de la agencia y se lanzó sobre los autos de la avenida. Y ahí estaba el libro de nuevo, negro y noble como un cofre antiguo, sobre la cama. Y Torrijos volvió a vestirse, salió evitando al loco de la escalera de entrada, y al llegar a la agencia le pidió a Andrea, su asistente, que le echara el seguro a la puerta. En un arrebato de éxtasis, inflado de gozo por ese espacio donde se sabía amo y señor, Torrijos tomó el revólver que ocultaba en el archivo de la oficina, y llamó a Andrea, a su linda empleadita, jugosa y perfumada como una fruta madura. Le apuntó en la cabeza y le ordenó que se desnudara, despacio, pétalo a pétalo. Andrea obedeció horrorizada, sin comprender, y se dejó penetrar por el jefe lanzando espumarajos de dolor. Torrijos la abandonó en el piso, temblando de pavor, en un mar de sollozos, como un pato salvaje, herido de muerte, que nunca podría entender la súbita explosión que lo ha derribado del cielo.
Torrijos salió a la calle satisfecho, dando saltos infantiles, como el niño que descubre el mecanismo de su nuevo juguete, y anduvo por la ciudad embriagado de poder, enardecido de felicidad. Llegó al edificio con el revólver en los bolsillos, deseoso de que el policía aún estuviera allí para despertarlo a plomazos. Al no hallarlo, subió a su apartamento a ponerse su mejor traje. Hoy, sin pérdida de tiempo, asistiría a las carreras de caballos. Torrijos aún fruncía la boca silbando una melodía, cuando llamaron bruscamente a la puerta. Miró por el ojo mágico: era el loco de Martínez, quien esta vez le ordenaba que abriera, que tenía una orden de aprensión en su contra por violación, que se entregara sin oponer resistencia. Torrijos abrió y le vació el revólver al tiempo que le gritaba: «¡Es para que despiertes, policía loco, para que despiertes!». Torrijos lo vio caer al piso con la palabra "maldito" taponándole la garganta. Cerró la puerta y volvió a la habitación a acabarse de vestir. Pero en ese momento algo totalmente nuevo, inesperado, sucedió. El celular empezó a timbrar. Una y otra vez, con insistencia. Torrijos lo tomó más con miedo que con curiosidad y al escuchar la voz padeció un colapso. Era Paula, la estudiante mexicana, que lo llamaba para decirle que había olvidado un libro sobre la cama la tarde anterior, un "tratado de enfermería".
Torrijos despertó en el cuartel de policía con una expresión de espanto tal, que quien lo veía podía jurar que el prisionero había escapado de las regiones del infierno. El proceso judicial fue lento, demasiado lento para un espíritu aturdido, y concluyó diez años después, con una pena terrible pero para Torrijos por largo tiempo esperada. La sentencia de muerte por violación y asesinato en primer grado. Torrijos nunca cambió su expresión de espanto, que con el tiempo desplomó su mandíbula, le provocó segregaciones involuntarias de los lagrimales por mantener, aun durmiendo, los ojos desorbitados, y le llenó el rostro de escamas sanguinolentas y la cabeza de un pelo ralo y algodonoso. Al caminar por el pabellón de la muerte sonrió, no de felicidad sino de ironía: era la primera vez que iba a experimentar la muerte, la verdadera, concreta y cierta muerte, de donde estaba seguro jamás regresaría.
El enfermero tardó un buen rato en hallarle las venas. Torrijos era un andrajo de lo que había sido, acostado en una camilla como un cuerpo disecado, sintiéndose observado por miradas de odio y de terror. Cuando dieron la orden y el veneno inició su daño, Torrijos, con gran esfuerzo, se giró. Quería ver los rostros, los ojos, las miradas de sus verdugos. Apenas se movió, sintió un cuerpo extraño sobre la cama: era el brazo extendido de una mujer.

viernes 4 de diciembre de 2009

FABULACIONES

(La Mujer y el Gato - Renoir)

(Artículos publicados en el desaparecido periódico El Siglo)

Entre un gato y la mujer más bonita del mundo


Si a la mujer más bonita del mundo yo le pusiera en uno o en ambos flancos de su sustantivo el adjetivo más bonito y original del toda la lengua de Cervantes, dejaría de ser la mujer más bonita del mundo. No, yo no la voy a dañar con describirla, basta con decir que es la más bonita y punto. Cuenta una mitología que cuando Dios separó las aguas de la tierra lo primero que creó fue un gato. ¡Hágase un gato!, impuso desde su asiento. Y el gato se hizo. Y el creador, como es lógico, quiso ver su creación. Apartó con sus manos las cortinas de las nubes y allí, sobre la desolación de la tierra, sólo alcanzó a vislumbrar un arañazo. El sustantivo gato no fue capaz de crear al gato, sólo logró producir un demo de acción de lo que sería un felino. Pero Dios, terco, lo siguió buscando. Tomó la pelota del planeta y la giró como un huevo sin que diera con su peludo animal. Se rascó la cabeza y estornudó y como siempre ocurría al estornudar, escaparon por su nariz nubes de mariposas. Dios se alegró y después de convocarlas les ordenó: Cubran el mundo con sus alas y busquen al gato. "¿Y qué es un gato?", preguntó una de ellas. "Un gato —dijo el Todopoderoso, rascándose la nuca—, es un gato". Y las mariposas, amarillentas de temor, cubrieron como una atmósfera la bola de la Tierra y, salvo los arañazos, no vieron nada. Y el Señor, cuando le vinieron con el cuento de que con la palabra gato no se había creado nada sobre el mundo, las maldijo de esta manera: ¡Conviértanse en lo adelante en una cáscara de aire, de matizados colores, para que los otros habitantes puedan ver su vergüenza! Y las pobres mariposas empezaron a revolotear como si a cada instante cayeran en el vacío de la muerte.
Ya sé que con decir que esta mujer es la más bonita del mundo ya la estoy calificando, la estoy reduciendo a que sea la más bonita del mundo, pero déjenmela así, de ese tamaño, que yo no la vi más grande de ahí. Y además, a diferencia de este gato que necesita de un adjetivo para dejar de ser trasparente, para ser realmente gato, yo, que la conocí, no necesito decir mujer para que ustedes sepan que en alguna parte, cerca de ti, a un cuarto de gasolina en motocicleta, por allá, por donde sale el sol, existe y es de verdad, la mujer más bonita de la mundo.


El vendedor de aporías


Una tarde, a raíz de haber leído El Quijote, encendí una pira en el reducido patio de mi casa. Yo tenía en aquel entonces quince años y en un abrir y cerrar de ojos vi cómo las llamas devoraban los cinco cuadernos que contenían toda mi poesía de adolescencia. Pero la dentadura de aquellas llamas no se conformó con mis poemas y continuó masticando la grama seca, un cordel y dos sábanas de retazos famosas en mi casa porque, al estar diluidas a causa del tiempo, eran frescas y suaves. Mamá pegó el grito en el cielo llamando a los vecinos mientras con sus dos manos me hacía pedazos un costosísimo afro que el barbero Joaquín, con la paciencia de mil tijeretazos, me había logrado modelar casi a la perfección. Pero de pronto, como ocurre en los muñequitos, apareció de la nada un héroe con una lata de agua: El Millonario. Era un hombre de baja estatura y de rostro borroso como el de una moneda gastada. En el barrio le decían El Millonario porque no trabajaba, y, sin embargo, cuando había que desyerbar un patio o hacer un mandado, ahí aparecía El Millonario. Cuando a las llamas se les secó la garganta gracias al agua salvadora, una vecina se llevó al cuarto a mamá para darle a oler alcanfor y en el patio nos quedamos el héroe y yo. “Qué es esa vaina que estabas quemando, muchacho”, me preguntó mientras, con un palito, trataba de descifrar qué era esa cosa negra en la que se había convertido mi poesía. “Son aporías”, le dije para intentar confundirlo. “¿Y con qué se come eso?”, preguntó. “Son incertidumbres —respondí—, vainas que uno vende en forma de libros, como pensamientos contradictorios e insolubles. Es como cuando uno se va lejos en el pensamiento sin que llegue a alcanzar la puerta final”. El Millonario se quedó pensativo, salió por el callejón y desapareció del barrio de manera misteriosa. Años después, cuando ya no me acordaba siquiera de que en mi adolescencia había existido este personaje, llamaron a mi puerta: era El Millonario. Ahora se dedicaba a vender libros de autoayuda. Cuando, sin reconocerme, le pregunté sobre la clase de mercancías que tenía a la venta, me respondió con aire circunspecto: “Vendo aporías, caballero”. Y me mostró los títulos: Encuentre la llave de su corazón abierto; Cinco pasos para liberarse con miedo del miedo; Al final la vida te sonríe. Y cuando vi quién los firmaba: Héctor “El Millonario” García, no pude aguantar la risa. Le compré un par y al leerlos me encontré con la obra fragmentada de los más variopintos filósofos, desde Confucio hasta Cioran. Andando el tiempo supe que en los Estados Unidos, por cada obra de creación se publican cientos de libros de superación personal, lo que demuestra que las aporías tienen muy buen mercado.

jueves 14 de mayo de 2009

El periódico de Rockefeller

(Anciano afligido: Vincent Van Gogh )


Aquel anciano americano que todas las mañanas recibe un ejemplar del New York Times, (...) esta edición de ejemplar único, falsificado de cabo a rabo, sólo con noticias agradables y artículos optimistas, para que el pobre viejo no tenga que sufrir los terrores del mundo.

José Saramago / El año de la muerte de Ricardo Reis


Cuando el secretario Bob Stevens entró a la habitación, la luz del amplio ventanal lo cegó con tal fuerza que tuvo que enmarcar su rostro con sus manos para poder recuperar el equilibrio visual. De espaldas, pegado al vidrio del ventanal, el anciano John Davison Rockefeller observaba los nidos que habían tejido las palomas a ambos lados del alero. Uno de ellos contenía dos pichones que empezaban a emplumar. El anciano no cambió de posición a pesar de haber escuchado la puerta, sabía que su secretario lo miraba desconcertado pues él nunca había descorrido totalmente la cortina del ventanal.
—¡Señor Rockefeller...! —dijo el secretario Bob Stevens.
—Ya sé lo que me vas a preguntar, Bob —dijo el anciano, sin volver el rostro—. Que qué hago aquí parado. Pues bien, te lo diré. Estoy esperando la nevada.
—¡Nevada! —exclamó el secretario—, ¡pero si estamos en pleno verano, señor! Disculpe pero, ¿quién le dijo que iba a nevar hoy?
—Vamos, Bob, no seas estúpido. ¡Quién más iba a ser! El periódico. ¿Es que no recuerdas que tú mismo me lo leíste esta mañana?
—Sí, pero...
—Pero nada, Bob. Si el New York Times dice, en el reporte meteorológico, que va a nevar, va a nevar sin duda.
El secretario enmudeció. Hasta ese instante no había reparado en que el periódico estaba tirado por todo el piso de la habitación. Algo también extraño porque el anciano, después de hojearlo, lo acomodaba celosamente en el largo anaquel donde lo coleccionaba desde la época en que el mundo empezó a mejorar.
Cuando John D. Rockefeller escuchó el sonido del papel y el silencioso rezongueo del secretario, volvió la mirada y ordenó:
—No, Bob, no lo recoja. Déjelo ahí, que si el New York Times fue capaz de equivocarse con algo tan pequeño como el estado del tiempo, ¿cómo creerle las cosas realmente importantes? Además —continuó el anciano, ahora apoyado en su bastón— lea ese anónimo que está sobre la mesita de noche. Lo echaron hace algunos días por debajo de la puerta. Estoy a punto de convencerme de su contenido.
El secretario Bob Stevens se incorporó soltando los papeles del periódico y se dirigió hacia la mesa señalada. Leyó la nota:

Le mienten, señor Rockefeller,
el New York Times le miente.
El mundo sigue siendo una mierda.

El secretario Bob Stevens bajó la cabeza con un gesto de impotencia. Tenía que hacer algo para devolverle la fe a su jefe. Cuando levantó la cabeza ya el anciano estaba de espaldas como si esperara en el andén de una estación el tren prometido a una hora indeterminada. Por la ventana de su décimo piso se podía apreciar una amplia panorámica de la ciudad de Richford. Abajo, escaso tránsito vehicular, una joyería con un enorme rótulo dorado: LIPEN jewelry, y pocos transeúntes. El anciano sólo podía verlos asistiéndose de unos binoculares que colgaban cerca del dintel de la ventana. Cuando escuchó salir al secretario descorrió un poco el vidrio del ventanal y tuvo al alcance de sus manos trémulas el nido que contenía los pichones. Por un momento la antigua sensación de poderío reapareció tensando sus músculos, rejuveneciendo sus facciones. Ahí, dentro de ese nido de paja estaba algo vivo, y eso vivo dependía ahora de él. Se recordó a sí mismo por los pasillos de la central de la Standard Oil impartiendo órdenes, firmando papeles. Escuchó el murmullo suplicante de sus competidores del otro lado de su oficina, la máquina silenciosa de sus monopolios tragándose a las pequeñas empresas. De repente John Davison Rockefeller levantó el bastón y de un solo golpe empujó el nido hacia el abismo dejando sobre el alero una mancha redonda como si la sombra del nido no hubiese saltado. Tomó los binoculares del péndulo cerca del dintel de la ventana y buscó infructuosamente los destrozos del nido sobre la calle. Se imaginaba los pichones aplastados bajo las ruedas de los automóviles, la sangre manando en un solo estallido, los ojitos brotados, la nieve —que no llegaba— cubriendo con su blancura su pecado. John D. Rockefeller se desespera buscando alguna maldad en ese nuevo mundo que, según el New York Times, por fin había entrado en razón y se aprestaba a mejorar cada día que pasaba, ahora, precisamente, que él no podía disfrutarlo.
Un auto se detuvo frente a la joyería. El anciano siguió con los binoculares al que salía del auto. Lo vio mirar hacia todas direcciones. Lo vio sacar un arma de fuego y entrar rápidamente al establecimiento. Su cerebro, acostumbrado ya a las buenas noticias, no estaba preparado para registrar estos terribles acontecimientos que se efectuaban frente a sus narices, por eso sintió un ligero mareo al contener la respiración para que nada de aquello se le saliera de foco. No obstante, por más que se obstinó, no pudo sostener por más tiempo los binoculares con su mano izquierda. Fueron segundos de impaciencia, de una intranquilidad molestosa, tener que descansar el brazo sobre el alféizar, encorvar su anatomía que amenazaba con desplomarse, hasta que el aire tibio de la tarde que entraba por la abertura del ventanal le inyectó un poco de energía y pudo hacer el cambio: bastón hacia la mano izquierda, binoculares a la derecha. Luego apuntó hacia su objetivo: la joyería LIPEN. Nada había cambiado. El auto seguía allí parqueado con la puerta derecha semiabierta, y la mano nerviosa del que esperaba en el volante dando golpecitos sobre la puerta izquierda y acomodando una y otra vez el retrovisor. Eso era solamente lo que el anciano John D. Rockefeller podía ver, aunque se imaginaba todo el terror que estaba ocurriendo en el interior del establecimiento. De repente el hombre salió corriendo de dentro de la joyería cargando un paquete y apuntando su arma hacia ambos lados de la vía. Cuando intentó penetrar hacia el interior del vehículo, un hombrecillo asiático salió disparando. El auto aceleró abandonando al asaltante sobre la calle. John D. Rockefeller vio cómo de aquel hombre salía un charco de sangre. Ya estaba satisfecho pero una sensación de quietud lo empezó a hostigar. Era quizás la desolación del cuarto, su cama destendida, el largo anaquel con los periódicos de los últimos años, ordenados día por día según iba mejorando el mundo, o su pobre cuerpo demolido reflejado borrosamente en el vidrio del ventanal. John Davison Rockefeller volvió a mirar hacia la calle con los binoculares. Abajo reconoció a su secretario Bob Stevens conversando con un policía y señalando hacia su ventana. Corrió la cortina, colgó los binoculares y caminó trabajosamente hacia la cama. El ruido del papel al pisarlo le recordó que el periódico aún estaba tirado sobre el piso. La tarde empezaba a caer y aún no había señal alguna de nevada. John Davison Rockefeller cubrió su rostro con la sábana, cerró sus ojos cansados, y pensó en el mal. Pensó en eso que aunque el New York Times insistía cada mañana en anunciar su pronta extinción de la faz de la tierra, seguía allí, agazapado, en estado latente, esperando el momento preciso de reaparecer, como momentos antes había aparecido en ese movimiento oscuro de su mano al derribar el nido de paloma, y en el asalto a la joyería LIPEN. Y a pesar de que mañana el asalto no aparecería en su periódico New York Times, él ya lo había leído con sus ojos, él sí sabía exactamente los detalles de lo ocurrido.
Cerca de las doce de la noche apareció el secretario Bob Stevens en la alcoba del anciano. Lo despertó con una extraña algarabía.
—¡Señor Rockefeller!, ¡señor Rockefeller!
El anciano despertó sobresaltado.
—¿Qué sucede, Bob?
—Venga, señor, abra la ventana. Es verdad, el New York Times no le mintió. Está nevando, señor Rockefeller, es increíble.
El secretario descorrió la cortina. John D. Rockefeller vio la nieve descender pegándose dócilmente al vidrio del ventanal, parecía estar iluminada dentro de la oscuridad de la noche. Se restregó los ojos con el dorso de las manos y volvió a arropar su cabeza con desgana.
—Pero, señor Rockefeller, ¿usted no...?
—Ande, Bob, vaya usted a disfrutar de su nieve y déjeme dormir.
El secretario se sintió descubierto. Era como si el anciano le restregara en la cara todo el esfuerzo que había hecho para convertir en verdad una de sus tantas mentiras. De nada había servido reclamarle al New York Times donde sólo se limitaron a disculparse por el error de haber diagramado el reporte meteorológico de uno de los días del pasado invierno. Mañana le llegaría el recibo de la 20th Century Fox, que tan amablemente se había molestado en mover sus equipos para crear la nieve sobre la ventana de tan venerable anciano.

sábado 15 de noviembre de 2008

Cuando el mundo me miró

Era la tercera vez, desde que empezó la postemporada, que lo llamaban a calentar en el bullpen sin que el equipo lo enviara a lanzar a la lomita. El novato ponía en forma su brazo con cierta dejadez pues estaba completamente seguro de que esta vez tampoco lo llamarían. El juego era demasiado importante para los Yankees de Nueva York ya que éste representaba la última posibilidad de seguir con vida para pasar a los playoff. La serie marchaba dos a cero a favor de los Medias Rojas de Boston y el partido recién se había desempatado en el decimosexto episodio gracias a un cuadrangular del primera base de los Mulos de El Bronx.

Por eso, cuando el manager sorpresivamente lo mandó llamar, el derecho recién salido de las menores se estremeció. Un escalofrío le sacudió todo el cuerpo y por un momento el ruido ensordecedor que inundaba el estadio le corrió por las venas hasta fundirse en su corazón. Se limpió la frente con el dorso de la mano enguantada, desfiló a paso doble por el pasillo pegado a las tribunas, y cuando pisó el terreno de juego el pecho se le infló de emoción. El joven lanzador sabía que esta salida representaba la salvación del equipo y quizás su propia salvación en el béisbol. La fanaticada hervía, acelerada. Cuando dirigente le pasó la pelota le dijo en inglés Muchacho, de ti sólo necesito un out, concéntrate y por nada del mundo le lances adentro; mantén tus pitcheos fuera del plato. El receptor le iba traduciendo mientras él, con los ojos puestos en la pelota, acomodaba sus largos dedos negros a las costuras de la Rawlings.

Raspó con sus ganchos el terreno del montículo hasta encajar el pié derecho. Realizó varios lanzamientos para acomodarse a las señales del receptor y cuando el bateador se cuadró frente al diamante, el novato sintió un sudor helado granulándole la frente como si en ese instante reconociera la dimensión de su rol en el lugar en donde estaba. Cerró los ojos y por una fracción de segundo retornó a la infancia, al patio de la escuela, bajo las altas jabillas, en medio de la chiquillería bulliciosa que, en largas filas, se aprestaba a entrar a los salones de clases. ¡Estudiante número 17!, escuchó que lo llamaban. ¡Venga inmediatamente!, y se vio caminando hacia donde se imponía, con su típico gesto de desprecio, la maestra de cuarto curso. Cabizbajo, incordiado por la risa burlona de los estudiantes que a su paso le decían Te jodiste, Popa Gómez, ya te agarró la maestra fuera de la fila. Se vio llegar y como siempre, doña Tatica, con su cutis de torta de cazabe y su boquita de pescado le hizo saber frente a sus compañeros, con insultos y humillaciones, que él nunca iba a llegar a nada en la vida, que por qué diablos no se podía estar quieto mientras cantaban los himnos a los patricios, que se fuera al salón a ponerse sus orejas de burro y a hincarse en un rincón. Y ahí iba el negrito Popa Gómez a obedecer a la maestra, a sumirse en la podredumbre de su propio yo. Y ya en el rincón, de rodillas, la implacable maestra descargaba sobre él, como un alud de odio, todas sus frustraciones.

El novato realizó su primer lanzamiento, Bola bajita, y entonces recordó la mañana en que entró al salón de clases y, en vez de doña Tatica, vio a un ángel sentado en el trono del cuarto curso. Bajó su rostro avergonzado y temeroso de que la figura celestial descubriera la alegría que, por un instante, relució en su blanca dentadura. Luego se dirigió hacia su asiento, al final de una de las últimas filas. Niños, su maestra está enferma y yo soy la sustituta. Voy a pasar la lista para saber sus nombres. A mí ustedes me pueden llamar señorita Molly.
Cuando la nueva profesora pronunció el número 17, Israel Gómez se presentó como Popa Gómez y los niños empezaron a reír. Luego se sentó silencioso pero feliz cuando escuchó a la educadora reprender a los alumnos y al ver, desde el montículo, cómo su segundo lanzamiento, una curva rompiente, fue abanicado por su adversario.

Al final de la clase la señorita Molly, mientras acariciaba con ternura maternal su cabellera rebelde, le pidió que se quedara un momentito para charlar con él. Un nerviosismo lo sacudió de repente; por un momento se llenó de pánico por el temor a ser regañado y luego escuchó el bullicio de los fanáticos ¡Let’s go Yankees! ¡Let’s go Yankees!, cuando el tercer lanzamiento llegó como un cañonazo al mascotín del receptor y el árbitro principal se balanceó al cantar el strike. Por qué te haces llamar Popa, muchachito, le preguntó la profesora. Porque así era como me llamaba mi mamá antes de que se muriera, maestra. Y la señorita Molly lo abrazó, y se pasó casi una hora conversando con el negrito que soñaba con ser pelotero, Porque no soy bueno para la escuela, señorita, ya doña Tatica me lo ha dicho, que yo me voy a quedar bruto como mi papá que no sabe ni la O. Y la profesora sustituta, con su carita de santa, le dijo la cosa más bonita del mundo, algo que jamás él pensó escuchar: Tú vas a ser quien tú quieras ser, hijo. No te lleves de nadie y sólo persigue los pasos de tus sueños. E Israel “Popa” Gómez recordó en ese instante, mientras su cuarto lanzamiento era bateado por la zona de foul del jardín izquierdo, cuando, ya siendo un jovencito, después de lesionarse el jugador de tercera, lo dejaron jugar en dicha posición pese a que él no estaba vestido apropiadamente. Llevaba una rotosa camisa mangas largas, pantalón vaquero viejo y remendado y lo peor de todo, y por eso no lo habían incluido en el line up, estaba calzado con unos zapatos de cuero con los tacos desgastados. Hoy vienen los escuchas al estadio, Popa, y sólo van a jugar los que estén presentables; no queremos pasar vergüenza con los gringos y, además, hoy quizás firmen a alguno de los prospectos. El negrito se sentó humildemente en el dogout hasta que al tercera base se le abrió la muñeca al tratar de atrapar una línea durísima que lo obligó a retirarse del juego.

Una rolata y cuando Popa Gómez recogió la pelota, incómodo, lanzó el disparo que llegó como un rayo a la almohadilla de primera para sacar el out. El juego se detuvo. Uno de los escuchas, sorprendido por la velocidad del lanzamiento del negrito de tercera, entró al terreno de juego y, después de quitarle la bola al lanzador de turno, lo llamó. Toma, muchacho, tira la bola lo más rápido que puedas. Un silencio en el pequeño estadio del barrio Porvenir en San Pedro de Macorís, y Popa Gómez lanzó un fuacatazo que dejó a todos boquiabiertos. Bola alta, cantó el árbitro provocando un silencio en el Yankee Stadium.

Con las bases llenas, emocionado, hundido en el entramado de su memoria, el serpentinero cometió un error que por un momento zarandeó al dirigente: le tiró al peligroso bateador una recta que cayó en la esquinita de adentro. El receptor fue a llevarle la pelota y le dijo Muchacho, ya lo tienes en tres y dos, vamos a salir de esto, tírale lo mejor que tengas. Pero la señorita Molly no regresó jamás. El aspirante a jugador profesional desertó de la escuela y, con las esperanzas en el suelo, convencido de las afirmaciones torturantes de su maestra de cuarto curso, se pasó la adolescencia ayudando a su padre a vender tortas por las calles polvorientas de Macorís y jugando béisbol en los claros de los cañaverales, donde el sol oscurecía a los boyeros, entristecidos inexorablemente por el paso del tiempo. Una tarde se tropezó en el parque con doña Tatica y le dio vergüenza que ella lo viera ya siendo un hombrecito, con un delantal y con una bandeja al hombro repleta de tortas de maíz. Bajó el rostro, apretó los dientes, sacudió con sus ganchos el polvo del montículo, buscó la señal y sujetó la pelota entre los dedos medio, índice y pulgar. Cuando soltó el fogonazo se dijo, sonriente, Míreme ahora, doña Tatica, hija de la gran puta.

martes 20 de mayo de 2008

De Territorios extraños


(Crucifixión: Dalí)


Territorios Extraños




Premio Nacional de Poesía
“Salomé Ureña de Henríquez”
1993-1994



A mi madre
que nunca ha amado
la poesía




INTROITO



VISIONES:

(Habrá que encender una vela para mirar el sol)



Yo no hablaré de lo increíble que al tocarnos de repente abre ranuras en nuestra solidez humana. Simplemente me asomo con sigilo a unas aberturas extrañas en el muro que separa mi incredulidad de mi creencia. Observo al otro lado el espacio que compone “lo que no creo”, y comprendo que he aislado la parte esencial de lo que busco: miro el color arrepentido de subir a la rosa; una mujer perdida en alguna parte de su deseo; y el vino que nunca quisimos beber, desatando las palabras de un dios.
Sé que somos una mezcla de mundos y que hemos cerrado siempre la puerta a lo irracional, a lo que no alcanza la altura de lo verosímil, y que, sin embargo, llena de roturas el círculo de la existencia.
Pero al final de las sombras estaremos siempre nosotros, como un monumento a la dualidad de esta forma hundida en los espejos, y aquella, lejanamente cerca, que desconocemos pero al mismo tiempo admitimos.
Y heme aquí, delante de estas aberturas, frente a algo extrañamente cierto; quizás frente a mí mismo, creyéndome.





Primera Puerta



Jamás se alcanza el horizonte,
salvo cerrando los ojos



Esta Ventana





Esta ventana está abierta hacia sí misma:
anillo entre dos sombras,
túnel por donde regresan mis ojos
a mi rincón de sangre.
Esta ventana no está abierta a nada,
no hay un chorro de humanidad
hirviendo entre sus párpados,
ni un camino rodando en su distancia
ni el olor a presencia de algún pájaro.
Esta ventana no está abierta a todo,
no tiene un hombre hundido en su estatura
no tiene una lámpara empujando las tinieblas
no tiene un gato dormido en su misterio
ni una voz trepando los espacios.
Esta ventana está abierta hacia su ventana
hacia su solitaria humanidad
en la pared de un algo.
Esta ventana está abierta hacia sí misma
hacia la inocente realidad de su existencia.




Detrás de las teclas quizás un ave





Quizás algo terrible pasó aquel día
que lo olvidamos todo.
Quizás este planeta no es la tierra
que nos prometieron.
Quizás morir sea la única forma
de negarlo todo.
Quizás el mal sea el esquicio real
de lo humano; y el bien, el modo de admitir
que no somos de este mundo.
Quizás nunca lleguemos a encontrar
lo que buscamos. Quizás
no valga la pena el pensamiento.




Transformación





He escrito la palabra profundo
y ha nacido un pozo en mi papel
donde cabe el mundo. Cruzo el
lindero de la palabra y ya profundo
es una mancha donde se pierde la mirada.
Escribo agua y bebo. Sangre y lloro.
Hoy todo lo escrito ha buscado su efigie
su osadía de ser, su forma.
Y he aquí escribo hombre
y surge alguien que me besa.
Escribo Dios y algo se esconde
y mi papel simplemente tiembla.



Nombrar





Nombrar
es ponerle tamaño al infinito.
Digo 2 y lo reduzco a 2
ignorando su universo.
Disminuyo a campana la campana
y olvido que en ella flotan
eternos los sonidos.
Digo Tierra y desaparecen los planetas.
Amor, orquídea, tumba,
y los sepulto en la osamenta de sus nombres.

He aquí el arcano, la razón eterna
de que Dios olvide
la verdadera dimensión del hombre
y lo reduzca a hombre.




Formas del azar





No hubiera sido necesario que naciera
la rosa para creerla. Ni que asomara
su cabeza encendida por algún espacio
del mundo. Aunque no hubiera llegado
nunca, algo, quizás una piedra, tendría
el nombre de rosa para crear el enigma
de su inexistencia. Y estoy seguro
que alguien pintaría su forma metafísica
como algo nuevo, y así poseería
la eternidad misteriosa de las cosas
creadas sin haber nacido.




Este viaje





Este viaje no tiene distancia, sólo vida.
No tiene caminos, sólo huellas;
y sólo se compone de sueños. Este viaje:
terrible el punto de regreso
cuando aún no hemos llegado
y más, el punto de partida, regresando.
Este viaje no es del hombre hacia el mundo
sino del mundo hacia el hombre:
(pozo hecho hacia el cielo,
niño pariendo a su madre) este viaje
tiene la verdadera esencia del Todo,
sin horizontes perece
donde comienza la vida
y nace en el mismo instante de la muerte.
Este viaje no tiene viaje
sólo hombres.



Enciendo un fósforo





Enciendo un fósforo y nace mi mano.
Sobre el fondo una moneda flota o quizá
la redondez luminosa del ojo de un gato.
Hago ascender mi mirada arañando las tinieblas
y se hace libre allá, a lo lejos, en la cima
de todos los quejidos.
Es que estás a mi lado y aún no lo sabía
es que viajan en mí todos los pueblos
y ahora, precisamente, llaman a mi puerta.
Enciendo un fósforo y nace
tu cuerpo tejido con la noche.
Todo está tan cerca a veces, a un frágil dolor
de distancia
pero en verdad tememos horriblemente
saberlo.




Lo que ha entrado a la noche





La noche
y toco las paredes húmedas de un grito.
En su dimensión caben una ciudad desplomándose,
el alado jardín que es la luciérnaga
y la sangre que regresa del abrazo.
Lo que termina en el grito es la piel que recorro
los habitantes del patio, la desnudez horrenda
de una mosca, y el pájaro que en este instante
dentro de sí mismo vuela.
Exploro campanas, cristales quebrán-
dose, raíces creciendo. Rescato
pared a pared la memoria del llanto
el final del silencio el origen el dolor quizás
de lo que realmente muere.



Buscaremos la puerta





Buscaremos la puerta por donde
entró la oscuridad.
El espacio interior de los dedos lleno
de mágicas llaves que abren las figuras.
Tal vez sea esto una habitación
o el mundo,
una abertura en qué creer,
frutas de luz, el temor del jardín
frente a la noche.
Una puerta, un grifo derramando
la oscuridad a chorros.




Segunda Puerta




Quizás esta lluvia no baje del cielo
sino de la memoria.






Y de repente

(Aún hay un árbol en mi niñez
que siempre quise trepar)


Y de repente encontrar en mi memoria
el misterio de una puerta
que una vez no quise abrir.
Trasponerla y descubrir del otro lado
el otro destino que nunca tomé.
Verme, entonces, bajo la lluvia
de una ciudad desconocida
ignorando el amor de este perro
que silencioso sigue tras de mí.
Y sentir en mi inconsciente que esta calle
me conoce, y que, tras otra puerta que ahora
me detiene frente a sí, pueden estar
los objetos amados de otra casa mía
o el espanto de hallar de nuevo
la realidad del lugar donde siempre
he permanecido.




Naufragio




Con un abrazo
se le rompe la superficie
al hombre que se ahoga.





Somos reales sólo




Somos reales sólo en el pensamiento de un gusano
con alas de papel y patas horribles.
¿Cuándo empezamos a existir en su cerebro
y a qué hora la creación nos hizo de vanos
materiales cerca del humo y la piedad?
El ojo del gusano de abre en el vacío y busca
algo firme donde apoyar nuestra forma.
Rueda entonces un rostro sobre un muro
también imaginado. Cae la razón de la
sonrisa y luego la sonrisa. Cae
la razón de la mirada y luego la mirada;
y ciegos sólo podemos ver la mano del amor
los espejismos rotos del amos, y a lo lejos
un alado gusano que siempre confundimos
con una mariposa.



Posada





Posada, la mariposa duerme
su porción de siglo.
Se extravía en su materia
en el orificio que es.
De pronto, un intento brusco de regreso
de salir de ella hacia este día;
torpes revoloteos en la nada
sólo sus alas están en el presente.



La tortuga





La tortuga es un reloj diminuto
en las arenas. Morir para que sea el tiempo.
Ella crece bajo un huevo marrón
y una esfera cuadrada. Para que sea
el tiempo respira y se abandona
en el ciclo de las piedras y las patas.
La tortuga, si muere, sostiene el infinito
sobre su espalda eterna.



Debajo del vino





Debajo del vino, la pequeña tortuga
que soporta el infinito nos hace creer
en el amor. Ella, en vez de piedra
es un agujero celeste donde una lámpara
inunda de olores luminosos las paredes
profundas. Si tocamos sus bordes
el precipicio se torna de cristal
y el recipiente, del que hemos bebido,
penetra más allá de los ojos
derramándose en alguna grieta
de nuestro dolor. Creer en el amor
y en nuestras manos que apenas nos sujetan
a un pedazo del tiempo.




La manzana





La manzana es atravesada por un sueño enorme
mana sangre de su materia imaginada
luz de su origen flotante, y mana
toda ella de sí misma.
Jugoso reino. Aposento roja y partida
donde beben ríos sus otras dimensiones de estar
y de existir.
La flecha en el vuelo no existe
olvidada la mano ella aún no es
a un instante de una manzana rota.
Entrar y morir en la perpetua posición
del cuchillo. Un pedazo rueda al fondo
del cerebro y crea al otro.
La manzana Es entonces
y huele a eternidad.



El fuego





El fuego sólo pudo derramarse
hasta el final de una fruta.
No pudo derribar el muro que nos
separa de las madres
ni apagar la luz de su torrente.
Vino de atrás, de donde Dios
nos teme.



El ave existe en una jaula de plumas





El ave existe en una jaula de plumas.
En el fondo de su muerte, allá abajo
vuela haciéndose cierta en lo irreal.
También tú si mueres dejas algo real
en lo irreal. En algún lugar de tu vacío
donde solo el pensamiento te creó, existes.
A lo largo de tu muerte hay ranuras
horribles por donde la vida pasa
como una luz presentida.
Si crees en el ave, tú serás el ave
y al nacer en otro horizonte del dolor
querrás volar también
dentro de tu jaula de plumas.



La noche cuelga de la luna





La noche cuelga de la luna y la
tormenta arrastra vestigios de miedo
hasta tu puerta.
La casa es un niño mojado.
Abres la sábana como un viejo portón
y entras a ese espacio
donde siempre crees que vas
sin saber que regresas;
donde sales, entrando;
donde no sientes la lluvia
mientras llueve.

sábado 10 de mayo de 2008

Escritores dominicanos en Harvard

De izquierda a derecha: Osiris Vallejo, Josidalgo Martínez, Rubén Sánchez Féliz, José Acosta y Tomás Modesto Galán

Escritores dominicanos en Harvard

NUEVA YORK — Cinco destacados escritores dominicanos, residentes en la ciudad de Nueva York, leyeron sus creaciones en la prestigiosa universidad Harvard, de Massachusetts, el sábado 3 de mayo de 2008.

Los escritores José Acosta, Rubén Sánchez Féliz, Osiris Vallejo, Josidalgo Martínez y Tomás M. Galán, leyeron sus obras en inglés en el evento The Art of Words Festival, que se celebró de 11 de la mañana a 5:30 de la tarde, en los salones Kirkland House Junior Common Room, localizados en el 95 Dunster Street Cambridge, en Harvard University.

The Art of Words Festival es una presentación de Jean-Dany Joachin y Brian Thompson, y en la misma, además de los escritores dominicanos, también participaran los escritores Philip Burnham, Elkin Echeverri, Sole Nazaraire, Isabella Ruggerio Du Mond y Bob Dall, entre otros.

La actividad forma parte de la serie de lecturas de Harvard: City Night Readings Series, la cual incluye presentaciones de libros, noches de poesía y música, y otras celebraciones literarias.

lunes 28 de abril de 2008

El constructor de caminos


El constructor de caminos

Poema

A Antonio Acosta, mi abuelo


«Debe existir un camino por donde se cruce de un día hacia otros días sin necesitar del tiempo», estas fueron las últimas palabras de mi abuelo antes de desaparecer en el calor húmedo de un día de mayo.
A diferencia de los otros lugareños en las lomas de Puerto Plata, a mi abuelo no le obsesionaba la lluvia o la sequía, la abundancia o la escasez en las plantaciones. Su verdadera obsesión eran los caminos. Y no tomarlos por asalto para descubrir su fin o su principio, ni siquiera seguir sus trayectorias en un mapa con una pluma de pavo. Era más bien construirlos, hacer caminos donde a ningún ser humano se le hubiese ocurrido que pudiera construirse un camino. Para esto reducía sus herramientas a un pico, un machete gastado por la vejez, y un pedazo de piedra de amolar.
Salía todas las mañanas bajo la protesta de los nietos y de los hijos solteros que aún permanecían en la casa: “¡Que papá ya usted está muy viejo para eso!”, “¡que abuelo ya la finca está llena de caminos!”. Hasta que lograba amarrar dos trozos de batata y unas lonjas de queso en un pañuelo antiguo, y salir, perdiéndose en la lejanía.
«Debe existir un camino por donde se cruce de un día hacia otros días sin necesitar del tiempo», dijo esa mañana, mientras desaparecía tras los racimos de una llovizna blanca.
El abuelo no volvió más.
Aún mamá dice que murió un día de mayo. Yo creo que él vive, que él está allá, en el mañana, quizás abriendo, con sus rústicas herramientas, otro camino hacia el futuro.