jueves, 22 de febrero de 2007

de Catequesis del íncubo





Para Mario, mi hermano,
y su jardín sincero.







Esa claridad tan lejana

En el castillo alguien vomita su corazón

Russell Edson


I


El universo resuena como llovizna
sobre el agua,
imperceptible como el susurro de un árbol al crecer.
Estamos encerrados en una dimensión oscura;
la noche es la sombra de una pared lejana;
Dios vive del otro lado.
No te has preguntado ¿a quién le ladran
los perros?
¿Qué ven que tú no puedes descubrir con tu linterna?
Es al sonido de la eternidad,
al espacio que tú sólo conoces en sueños
y crees irreal.
Es a él mismo a quien el perro le ladra,
al ladrido que rebota al colisionar con la noche
y regresa irreconocible.
Es a ti a quien le ladran los perros,
a tu presencia que por tus pensamientos se desborda
llenando la Tierra de murmullos.

II


Apartar la oscuridad con un cuchillo,
entrar a la alcoba sombría de un murmullo
donde nacen las piedras
y las aguas ensayan el sonido que emiten
en los techos del mundo.
Por allí pasan las imágenes de los que serán,
alas prohibidas crean la brisa negra
que hincha las velas en los mares soñados.
Allí no hay ojos, sólo movimiento,
cosas que descienden de la atmósfera,
palabras incendiadas
llenando de amarillo los recuerdos.
Si un corazón latiera en esos lugares
podría provocar un terremoto.
Y si por casualidad abres una ventana
para ver caer la lluvia,
sólo el sonido sin agua podrás ver
doblando el maizal.

III


Hay tanta paz en regresar de la cocina,
volver a la cama donde la carne se pudre
para llenarla con nuestro misterio.
Atravesar el pasillo como si fuera la vida,
sentir el resplandor de todo lo que huye
y se convierte en paredes.
Apartar las cortinas y hallar lo que fue en los rincones:
las pequeñas maldades, la llovizna,
y eso informe que jamás entenderemos.
Un tumulto de pensamientos esperando su turno
a la sombra de la desesperación
cuando ya es demasiado tarde.
Y una voz ausente golpeando la luz,
penetrando en las palabras,
tratando de ser nuestra.
Hay tanta paz en el trayecto, desde el olor del café
hasta el armario, desde los pasos
que ya no parecen nuestros.


2 comentarios:

Waldina Mejía Medina dijo...

Todos estos textos estan muy bien ocnstruidos y te obligan a pensar y a darnos cuenta de una forma de ser más profunda.
El texto IV resuena hondamente en mí...
Lo reenvío a gente amada...

escritortineo dijo...

¿Qué tal Acosta? Haré un breve comentario del poema que más disfruté. Poema II.

El poema II, muestra lo poco que sabemos sobre el universo. El poeta desparrama un sin número de metáforas para inquietar al lector, provocarlo a traspasar los conocimientos limitados que tenemos al respecto, tal como se puede leer en el primer verso: “Tomar el cuchillo para apartar la oscuridad”
El cuchillo metafóricamente representa a las ciencias o algún libro de Filosofía, que nos permitirá “entrar a la alcoba sombría de un murmullo.” (2) Donde lo que se dice no importa a quienes habitan el lugar, son seres a los que no les importa el conocimiento, porque son seres sin vida: “donde nacen las piedras.” (3) Pero en el encierro de la alcoba otro elemento que carece de vida (la aguas/ lluvia), sin atreverse a más que una simple práctica, intenta hacer llegar el conocimiento al todo el mundo, pero entrando al hombre por la cabeza, que es donde se aloja lo aprendido: “y las aguas ensayan el sonido que emiten en los techos del mundo.” (4,5) Sin embargo, todo es nada, “alas prohibidas crean la brisa negra /que hincha la vela en los mares soñados.” (6,7) Y como todo existe quizás en la imaginación del autor, no hay quien pueda ver o leer en los textos para salir de la ignorancia porque como dice el poeta, “ Allí no hay ojos, sólo movimiento,/ cosas que descienden de la atmósfera,/ palabras incendiadas/ llenando de amarillo el recuerdo.” (9-12)
En los versos trece y catorce, el poeta no solamente cuestiona, si no que también se atreve a sugerir que si hay realmente interés por expresar verdades otra cosa fuera: “Si un corazón latiera en esos lugares/ podría provocar un terremoto.”
Finalmente, el autor se atreve a desafiar al lector, sugiriéndole que si algún interés tiene en conocer el valor real del universo, solamente percibirá un murmullo, ya que la verdad que se da a conocer es parcial, manipulada y cuestionable, “Y si por casualidad abres un ventana/ para ver caer la lluvia,/ sólo el sonido sin agua podrás ver doblando el maizal.” (15-18)


Juan Nicolás Tineo