lunes, 14 de mayo de 2007

Veinte minutos

(Pintura: Dali)
Veinte minutos


El último cliente se marchó justo cuando faltaban veinte minutos para las seis. Willie lo supo al mirar su reloj de pulsera y luego el rectángulo dorado del reloj de péndulo que colgaba al fondo de la relojería. Eran los únicos relojes en que confiaba. Entró al baño y al enfrentarse con su propia imagen en el espejo, se quedó un instante petrificado, como si no se reconociese. Sonrió con el fin de borrar la expresión aturdida que se descubrió en la cara, pero cuando retornaron las líneas graves a su rostro anguloso, de calva incipiente y bigote descuidado, el aturdimiento pareció acentuarse. «Necesito un descanso», pensó, mientras se peinaba. Cuando volvió a mirar la hora sacudió el reloj como si éste se hubiera descompuesto. Todavía, en su reloj, faltaban veinte minutos para las seis, aunque la segundera seguía girando dentro de la pequeña órbita plateada. Willie salió del lavabo con aire reflexivo y al dirigirle una mirada al reloj de péndulo sufrió un sobresalto. Pese a que se veía trabajando de manera normal, las manecillas seguían marcando las seis menos veinte. «Qué coincidencia —concluyó Willie—; dañarse ambos aparatos al mismo tiempo».
En la vitrina, al observar las líneas de relojes ordenados para la venta, Willie se alarmó. Todos, con más o menos exactitud, rondaban las seis menos veinte. Se dejó caer en una silla, se quitó el reloj y fijó sus ojos en él, con la paciencia y pericia de un cazador que espera ante una cueva, escopeta en manos, la salida de un conejo. Tres veces vio con estupor la segundera hacer el recorrido sin que el conejo apareciera: seguían siendo las seis menos veinte. Willie no sabía qué hacer, estaba agotado y quería ir a su casa a darse una ducha, como siempre, pero le aterraba perder el trabajo por la negligencia que significaría cerrarlo veinte minutos antes de hora. Pensó: «Don Guillermo suele pasar, rayando las seis, a recoger el dinero del día. Si cierro antes de tiempo me buscaré problemas. ¡Con lo difícil que fue para Lily conseguirme este empleo!».
Salió del mostrador, conturbado, y se paró en el vano de la puerta de entrada. Desde allí se veía el reloj de la catedral, a través de los intersticios de las edificaciones de la ciudad. En la torre fantasmal del recinto religioso también eran las seis menos veinte y Willie pensó que, pese a que todo aparentaba seguir normal, algo había acontecido con el fluir del tiempo, un hecho aterrador que lo condenaba, si no se producía un cambio, a estar confinado toda la eternidad en la relojería del cubano.
Un viejo bien vestido, con reloj de leontina y sombrero de copa pasó por la calle. Willie lo llamó y le preguntó la hora. El anciano se contrarió un poco al notar que quien le hacía la pregunta se hallaba rodeado de miles de relojes.
—Son las cinco y cuarenta —dijo, un tanto enojado al creer que le estaban tomado el pelo. Willie trató de detenerlo para explicarle que desde hacía una hora, más que menos, eran las seis menos veinte; pero el viejo no se detuvo, más bien aceleró el paso y se apresuró a cruzar la avenida como si huyera de un asaltante.
Willie regresó al mostrador y se sentó a mirar hacia la calle, entretenido con el correr natural de la vida, con los transeúntes que cruzaban frente el negocio con premura, con los autos y el ruido invariable de la ciudad. Esperó la puesta del sol, según sus propios cálculos, unas tres horas. Pero la tarde seguía allí, bullendo en los cristales, eterna, decididamente eterna. Entonces, impelido por las circunstancias, se vio forzado a tomar la temida determinación. Lleno de aprensión, no sin antes, al salir a la calle, mirar hacia todas direcciones por espacio de unos veinte minutos, bajó las puertas corredizas y se quedó frente al negocio otros veinte minutos, según estimó, hasta que no tuvo otro remedio que abandonar el lugar.
Su casa quedaba, paradójicamente, a unos veinte minutos en tren. Pero Willie determinó hacer el recorrido a pie. Si llegaba a la casa antes de las seis y veinte, pensó, Lily le pelearía. El tiempo no estaba como para perder el trabajo por flojedad como ésa.
Era la primera vez que hacía el recorrido de esa manera. Llevaba seis meses trabajando en ese sitio y nunca se imaginó que el trayecto fuera tan agradable, tan variado y repleto de detalles que si bien había visto a través de las ventanillas del tren, ahora descubría con asombro sus contornos, sus coloridas sinuosidades, como si una luz diferente y mágica alumbrara esa parte de la ciudad. Con pasos lentos, acompasados, como siguiendo el ritmo de la brisa que ahora percibía con un olor cálido, a principio de verano, Willie experimentó por primera vez una sensación extraña de bienestar, mezcla de felicidad y fascinación, como si ahora comprendiera algo que antes no podía entender, pero que, sin embargo, no alcanzaba a establecer. Se sintió como un ciego que de repente recupera la visión y se emociona con lo que sus ojos ven, aunque ignore, por no haber visto nunca, eso que aparece ante él. Embriagado por este sentimiento, Willie miró su reloj y en vez de angustiarse se alegró de que aún fueran las seis menos veinte.
Se sentó en un banco del parque, junto a una mujer de expresión retraída y cabellera larga y ondulante que alimentaba con migas de pan a las palomas, y le dijo que eran las seis menos veinte, que siempre serían las seis menos veinte, y se quedó pensativo, con la mirada ausente, y le acongojó la idea de que nunca en su vida había sacado tiempo para alimentar las palomas. Luego se unió a una pandilla de chiquillos que perseguía a una ardilla por entre las breñas y los troncos caídos, y corrió con ellos hasta perder el aliento. Después se acostó en la hierba, y se hundió en su vida como un buzo en el abismo oceánico, y al regresar del viaje se les llenaron los ojos de lágrimas. «Me he pasado toda la vida reaccionando sólo según vinieran las circunstancias —pensó—. Si fui a la escuela no fue porque quería sino porque los demás lo hacían y era lo normal. Si acepté el empleo en la joyería no fue sino porque en el horizonte no vi otras posibilidades. He estado ciego».
Willie volvió a mirar su reloj y sonrió. Salió del parque cantando y saltando mientras las personas del mundo seguían su rutina diaria ignorando que el tiempo se había detenido, que no había por qué apresurarse, que todo, desde lo más complicado hasta lo más simple, podía aguardar hasta que la vida se decidiera a retomar su curso.
Pero, como cuando un borracho recupera de golpe la sobriedad al sufrir un golpe emocional, Willie, al volver a la avenida, se tropezó con una imagen que lo convirtió de nuevo, de un zarpazo, en el hombre apocado y temeroso que siempre había sido. Era la figura deteriorada y mugrienta de un mendigo que recogía piltrafas de un cesto de basura. El empleado de la relojería sufrió un estremecimiento, como si lo hubiesen expulsado en ese momento del paraíso en que se había sumergido hacia la cruda realidad. «Y si don Guillermo pasa en su carro a recoger el dinero... Y si los relojes estaban atrasados... Y si he cometido un error...» De repente su mente le dio un vuelco. Volvió a padecer la angustia que sufrió cuando al llegar al país, permaneció cuatro meses sin trabajar mantenido por su mujer. Tantos años en cautiverio y ya el preso no imagina otra vida que no sea sino la que conoce a plenitud, aunque por la ventanilla del calabozo penetren ráfagas de otros modos de existencia. «Y si don Guillermo llega y encuentra el establecimiento cerrado...» Willie se desesperó al retornar al mundo conocido y lamentó haber salido de él.
Ahora sus pasos se tornan apremiantes, como si fuera tarde y en la ciudad no fuesen todavía las seis menos veinte. Al llegar a su barrio se le encogió el corazón. Frente a su casa vio estacionado el auto de su jefe. Ya es demasiado tarde, se dijo, seguro que don Guillermo le está reclamando a Lily mi desconsideración. Mira que cerrar la tienda antes de la hora, como si los tiempos estuvieran para esas licencias. O tal vez don Guillermo interpretó mi acto como una urgencia y fue a ver en qué podía ayudar, porque a Lily hay que cuidarla, Willie, esa muchacha es de oro. Willie sentía los aguijonazos del dilema mental —regresar al trabajo o quedarse en casa— mientras abría la puerta de su vivienda, despacio, pues no quería hacerse sentir.
Al entrar encontró la sala en penumbra, inundada de siseos, de extraños susurros. Se acercó a la puerta entreabierta de la habitación y miró, y volvió a mirar, sin comprender lo que sus ojos veían. Su mente no estaba preparada para ello y por consiguiente le fue imposible organizar, para volverla definible, la masa jadeante que aparecía sobre la cama. Después de un instante de vacilación, se apartó de la puerta confundido, dominado por el deseo de reflexionar a solas. Caminó con sigilo por el recinto, como si éste estuviera completamente a oscuras. Abrió la puerta y salió a la calle. Todo estaba tan claro ahora, pensó, tan claro. Pero Willie no se refería al caos incomprensible que acababa de observar, Willie pensaba en él, en la totalidad de su vida, en el hombre que llevaba dentro que ahora lo perdía todo sin haber tenido nunca nada. Volvió sobre sus pasos por la avenida sin detenerse en los lugares que minutos antes le habían maravillado. Cuando levantó la puerta corrediza de la tienda, el reloj de péndulo le devolvió la vida: ya eran las seis en punto y podía esperar con tranquilidad a su jefe. Luego regresaría a su casa a descansar, como siempre.

5 comentarios:

Roselio Camacho dijo...

Es un privilegio leer sus escrito
siempre preguntO a MARIO por usted.

Miel dijo...

Hola saludos desde Valencia, venezuela. Era sólo para dejarte aca el contacto de mi blog.Saludos. Un abrazo


Niddy

escritortineo dijo...

Sus narraciones son un deleite.
Saludos

Juan Tineo
http:www.escritortineo.blogspot.com

Juan Manuel Parada dijo...

Un cuento maravilloso, lleno de intensidad y tensión; está, como recomendaba el amigo cortázar, esférico, qué bueno es saber que no sólo escribes poesía, qu además es excelente.
Juan Manuel Parada, Venezuela.
http://www.juanmanuelparada.blogspot.com/

Kianny Antigua dijo...

¡Trastorno mágico!, este es tu género / tu estilo estético. Soberbio. Eres uno de los grandes José. Bendiciones.