miércoles, 21 de febrero de 2007

Un adiós para Teresa

Un adiós para Teresa

Cuento



“Por amor a Dios, Padre Rodolfo, perdóneme pero ya yo no puedo cargar con esta cruz. Ahí le dejo la llave de la casa para que venga mañana en la tarde a verme. No deje de entrar aunque vea la puerta cerrada”.
La mujer firmó la nota con su nombre de soltera: Teresa Sandoval; la guardó en un sobre y luego la echó en la urna de la iglesia destinada para las ofrendas, porque sabía que el Padre Rodolfo era el único autorizado para abrirla.
Confiaba en que el bondadoso clérigo la ayudaría con su pesar pues éste había dado muestras más que suficientes de su amor por los desvalidos interviniendo ante las autoridades municipales por las familias damnificadas de un ciclón casi olvidado, las cuales todavía utilizaban el patio de la iglesia como refugio. El sacerdote, además, era la única persona a la cual ella había confiado su secreto bajo la sacra confesión y él, con su vocecita de acento español, melancólica y dulce, le había indicado en numerosos pasajes bíblicos la gran promesa divina del descanso a los que tuviesen cansados y le había recetado los padrenuestros pertinentes para expiar sus pecados y poder asegurar su participación en el cielo prometido.
Teresa se persignó al salir y, al tomar la acera ¾ella vivía al final de la calle¾, volvió la mirada hacia el gran caserón de ladrillos que era la iglesia y susurró un adiós que junto al aire frío de la tarde le arrancó un temblor quejumbroso y su famélica anatomía se estremeció. Al llegar empujó la puerta dejada adrede sin seguro. Escuchó que la llamaban desde el cuarto del fondo y fue presurosa a atender el llamado.
—¿Eres tú, Teresa?
—Sí, soy yo.
La mujer extendió su brazo seco y asmático en la oscuridad del cuarto, tratando de guiarse, porque por un instante había perdido la orientación de la puerta que ahora, cerrada, era una ranura de luz. El amoníaco de los orines la detuvo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver al hombre sostenido por su cuerpo deforme, y supo, al hallarle el rostro, que él siempre la había estado mirando.
—Nos vamos mañana —dijo la mujer.
—¿Mañana?
—Sí, al amanecer.
La mujer recogió la lata con los orines volviendo el rostro para no ser afectada por el tufo, y salió. —La claridad de la puerta empujó por un instante una sombra sobre la pared vacía, que no parecía de hombre sino de algún animal mitológico—. Atravesó el patio hasta la letrina. Echó los orines y luego dejó la lata cogiendo agua bajo el grifo. En medio del patio estaba el anafe donde había cocido las viandas del almuerzo. Lo volteó con el pie; los tizones, al desprenderse de sus cenizas, revivieron más pequeños y rojizos. Cuando les arrojó el agua de la lata, para terminar de apagarlos, los tizones dejaron escapar un chillido humano.
Ella fue la única hija de una mujer apodada la Americana, no porque fuera de los Estados Unidos, sino por la extraña blancura de su piel y la constelación de pecas que cubría su rostro. La Americana la crió como a una muñeca. Todavía a los dieciocho años la bañaba y peinaba, le escogía la ropa cuando iban de tiendas, le seleccionaba las lecturas que no salían del abanico de las novelitas rosas; y con el tiempo fue la Americana quien le escogió marido, un hombre llamado Alejandro Llenas, que le doblaba la edad y cuya única virtud era la de ser dueño de un motel de mala muerte en las afueras de la ciudad. Después que murió la Americana de un dolor de muela que le zafó la quijada retorciéndole el cuerpo, Teresa tuvo que valerse por sí misma en la casa con el señor Llenas, como ella siempre lo llamó. En lo adelante la relación se fue deteriorando. La inexperiencia de Teresa en los asuntos domésticos fue compensada, sin embargo, por el embarazo. Ya el señor Llenas no le peleaba porque “los plátanos están salados Teresa, que las camisas están estrujadas, Teresa, ¿cómo diablos voy a salir? Esta casa apesta a ratón muerto, coño, Teresa...” Hasta que el período de tregua terminó cuando le nació el primogénito al señor Llenas. Cuando lo desarropó sintió una amargura honda y acumulada en el estómago. Lo envolvió en la sábana y lo pasó a su mujer diciéndole:
—Lárgate con él. Ni para eso sirves, mujer de vientre sucio.
Teresa se marchó a la casa de su difunta madre y crió al niño escondido en uno de los cuartos, avergonzada de su engendro; en la oscuridad, porque le dolía y lastimaba verlo. Mañana se marcharía de la casa perdida por la hipoteca, con unos chelitos ahorrados en el baúl viejo que usaba su madre para que la ropa cogiera olor a cedro. Había rentado una piececita en las afueras para terminar de vivir.
Antes de que llegara el camión, Teresa tenía bañado y cambiado al hombre. En las tinieblas, mientras lo enjabonaba, sintió que sus manos conocían más que sus ojos al hijo de su vergüenza. Por medio del tacto, a través de los años, fue viéndole crecer el pelo de la barba, la anchura del pecho, y lo que ella siempre le llamó “la palomita, mi hijo, ven a hacer pipí antes de acostarte para que no orines la colcha”. Y él se quedaba pensativo, mirándola envejecer, amándola en secreto en ese mundo oscuro que ella iluminaba con su presencia, haciéndolo más ligero y feliz.
—¿Qué es ese ruido, Teresa?
Y ella respondía:
—Son los gallos. Ya pronto va a salir el sol.
—¿Y qué es el sol, Teresa?
—Es una lámpara en el cielo que Dios enciende para ver sus criaturas.
—¿Y tú crees que él me podrá ver algún día a mí, Teresa?
—Sí, estoy segura.
Y entonces callaba aunque él seguía interrogándola acerca de los sonidos que se colaban por las rendijas de la habitación.
Dos hombres cargaron el camión con los trastes de la casa. Bajo la penumbra Teresa contempló lo poco que había tenido toda su vida: Los huesos de las mecedoras, un baúl, unas sillitas de palo, y unos colchones rotos y sucios.
—Espérenme un momentico— gritó desde la puerta de enfrente. Corrió por la sala hasta la habitación. Cuando cerró el candado el rostro se le despedazó en llanto.—Perdóname, hijo— susurró por la ranura de la puerta —Quédate ahí, y no llores, que Dios te vendrá a buscar esta tarde.
Al salir, Teresa miró al cielo y no vio nada, sólo el vacío, la terrible oscuridad del infinito.