sábado, 15 de noviembre de 2008

Cuando el mundo me miró

Era la tercera vez desde que empezó la postemporada que lo ponían a calentar en el bullpen sin que el equipo lo enviara a lanzar a la lomita. El novato ponía en forma su brazo con cierta dejadez, pues estaba completamente seguro de que esta vez tampoco lo llamarían. El juego era demasiado importante para los Yankees de Nueva York, puesto que representaba la última posibilidad de seguir con vida para pasar a los playoffs. La serie marchaba dos a cero a favor de los Medias Rojas de Boston y el partido recién se había desempatado en el decimosexto episodio, gracias a un cuadrangular del primera base de los Mulos de El Bronx.

Por eso, cuando el mánager sorpresivamente lo mandó llamar, el derecho recién salido de las menores se estremeció. Un escalofrío le sacudió todo el cuerpo y, por un momento, el ruido ensordecedor que inundaba el estadio le corrió por las venas hasta fundirse en su corazón. Se limpió la frente con el dorso de la mano enguantada, desfiló a paso doble por el pasillo pegado a las tribunas y, cuando pisó el terreno de juego, el pecho se le infló de emoción. El joven lanzador sabía que esta salida representaba la salvación del equipo y quizás su propia salvación en el béisbol. La fanaticada hervía, acelerada. Cuando el dirigente le pasó la pelota, le dijo en inglés: "Muchacho, de ti solo necesito un out, concéntrate y, por nada del mundo, le lances adentro; mantén tus pitcheos fuera del plato". El receptor le iba traduciendo mientras él, con los ojos puestos en la pelota, amoldaba sus largos dedos negros a las costuras de la Rawlings.

Raspó con los ganchos el terreno del montículo hasta encajar el pie derecho y realizó varios lanzamientos para acomodarse a las señales del receptor. Cuando el bateador se cuadró frente al diamante, el novato sintió un sudor helado granulándole la frente, como si en ese instante reconociera la dimensión de su rol en el lugar en donde estaba. Cerró los ojos y, por una fracción de segundo, retornó a la infancia, al patio de la escuela, bajo las altas jabillas, en medio de la chiquillería bulliciosa que, en largas filas, se aprestaba a entrar en los salones de clases. “¡Estudiante número 17!”, escuchó que lo llamaban. “¡Venga inmediatamente!”. Y se vio caminando hacia donde se imponía, con su típico gesto de desprecio, la maestra de cuarto curso. Cabizbajo, incordiado por la risa burlona de los estudiantes que a su paso le decían: “Te jodiste, Popa, ya te agarró la maestra fuera de la fila”, se vio llegar y, como siempre, doña Tatica, con su cutis de torta de cazabe y su boquita de pescado, le hizo saber delante de sus compañeros, con insultos y humillaciones, que él nunca iba a llegar a nada en la vida, que por qué diablos no se podía estar quieto mientras cantaban los himnos a los patricios, que se fuera al salón a ponerse las orejas de burro y a hincarse en un rincón. Y ahí iba el negrito Popa Gómez a obedecer a la maestra, a sumirse en la podredumbre de su propio yo. Y ya en el rincón, de rodillas, la implacable maestra descargaba sobre él, como un alud de odio, todas sus frustraciones.

El novato realizó su primer lanzamiento: bola bajita, y entonces le llegó a la memoria la mañana en que entró al salón de clases y, en vez de doña Tatica, encontró un ángel sentado en el trono del cuarto curso. Bajó el rostro avergonzado y temeroso de que la figura celestial descubriera la alegría que, por un instante, relució en su blanca dentadura. Luego se dirigió hacia su asiento, en el extremo izquierdo de la última fila, de donde se apreciaba, por la ventana, la aridez del patio. “Niños, su maestra está enferma y yo soy la sustituta. Voy a pasar la lista para saber sus nombres. A mí ustedes me pueden llamar señorita Molly”.

Cuando la nueva profesora pronunció el número 17, Israel Gómez se presentó como Popa Gómez y los niños empezaron a reír. Luego, se sentó silencioso pero feliz cuando escuchó a la educadora reprender a los alumnos y al ver, desde el montículo, cómo su segundo lanzamiento, una curva rompiente, fue abanicado por su adversario.

Al final de la clase, la señorita Molly, mientras acariciaba con ternura maternal su cabellera rebelde, le pidió que se quedara un momentito para charlar con él. Un nerviosismo le sacudió de repente; por un momento se llenó de pánico por el temor a ser regañado y luego escuchó el bullicio de los fanáticos: “Let’s go, Yankees! Let’s go, Yankees!”, cuando el tercer lanzamiento llegó como un cañonazo al mascotín del receptor y el árbitro principal se balanceó al cantar el strike. “¿Por qué te haces llamar Popa, muchachito?”, le preguntó la profesora. “Porque así era como me llamaba mi mamá antes de que se muriera, maestra”. Y la señorita Molly lo abrazó, y se pasó casi una hora conversando con el negrito que soñaba con ser pelotero. “Porque no soy bueno para la escuela, señorita, ya doña Tatica me lo ha dicho, que yo me voy a quedar bruto como mi papá, que no sabe ni la ‘o’”. Y la profesora sustituta, con su carita de santa, le dijo la cosa más bonita del mundo, algo que jamás él pensó escuchar: “Tú vas a ser quien tú quieras ser, hijo. No te lleves de nadie y solo persigue los pasos de tus sueños”, E Israel “Popa” Gómez recordó en ese instante, mientras su cuarto lanzamiento era bateado por la zona de foul del jardín izquierdo, cuando, ya siendo un jovencito, después de lesionarse el jugador de tercera, lo dejaron jugar en dicha posición pese a que él no estaba vestido apropiadamente. Llevaba una camisa andrajosa de manga larga, pantalón vaquero viejo y remendado y lo peor de todo, y por eso no lo habían incluido en el lineup, estaba calzado con unos zapatos de cuero con los tacos desgastados. “Hoy vienen los escuchas al estadio, Popa, y solo van a jugar los que estén presentables; no queremos pasar vergüenza con los gringos y, además, hoy quizás firmen a algunos de los prospectos”. El negrito se sentó humildemente en el dugout hasta que al tercera base se le abrió la muñeca al tratar de atrapar una línea durísima que lo obligó a retirarse del juego.

Una rolata; Popa Gómez recogió la pelota e, incómodo, lanzó un disparo que llegó como un rayo a la almohadilla de primera y sacó el out. El juego se detuvo. Uno de los escuchas, sorprendido por la velocidad del lanzamiento del negrito de tercera, entró al terreno de juego y, después de quitarle la bola al lanzador de turno, lo llamó. “Toma, muchacho, tira la bola lo más fuerte que puedas”. Un silencio en el pequeño estadio del barrio Porvenir en San Pedro de Macorís, y Popa Gómez lanzó un fuacatazo que dejó a todos boquiabiertos. “Bola alta”, cantó el árbitro provocando un silencio en el Yankee Stadium.

Con las bases llenas, emocionado, hundido en el entramado de sus pensamientos, el serpentinero cometió un error que por un momento zarandeó al dirigente: le tiró al peligroso bateador una recta que cayó en la esquinita de adentro. El receptor fue a llevarle la pelota y le dijo: “Muchacho, ya lo tienes en tres y dos, vamos a salir de esto; tírale lo mejor que tengas.” Pero la señorita Molly no regresó jamás. El aspirante a jugador profesional desertó de la escuela y, con las esperanzas en el suelo, convencido de las afirmaciones torturantes de su maestra de cuarto curso, se pasó la adolescencia ayudando a su padre a vender tortas por las calles polvorientas de Macorís y jugando al béisbol en los claros de los cañaverales, donde el sol oscurecía a los boyeros, entristecidos inexorablemente por el paso del tiempo. Una tarde se tropezó en el parque con doña Tatica y le dio vergüenza que ella lo viera ya siendo un hombrecito, con un delantal y una bandeja al hombro repleta de tortas de maíz. Bajó el rostro, apretó los dientes, sacudió con los ganchos el polvo del montículo, buscó la señal y sujetó la pelota entre los dedos medio, índice y pulgar. Cuando soltó el fogonazo se dijo, sonriente: “Míreme ahora, doña Tatica, hija de la gran puta”.


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Nota: Puede adquirir mis obras en Amazon, Barnes & Noble, Lulu y otras librerías virtuales, tanto en formato impreso como digital. También puede hacer clic en la portada que aparece en el lado derecho del blog.

8 comentarios:

jugando a leer dijo...

Me encanto su cuento...es el tipo de historias que deberian leer nuestros jovencitos. Una historia que retrata la vida de muchos de nuestros grandes peloteros. Un verdadero ejemplo de lo que puede lograr un niño con solo dejarse guiar por sus sueños. La maestra Doña Tatica representa a esa pleyade de profesores y padres que no paran de decir a sus hijos que no sirven para nada en vez de motivarlos a intentar seguir siempre adelante intentando tocar estrellas. En nuestro proyecto de motivacion a la lectura "Jugando a leer" intentamos mostrar a nuestros niños que es posible educarse sin aburrirse y que la educacion es el camino mas seguro hacia el triunfo...aunque no siempre sea el mas facil. le invito a visitar nuestra pagina y conocer lo que hacemos. Gracias por enviarme este cuento..espero leer otros que de seguro seran tan inspiradores como este...me gustaria obtener su permiso para publicarlo en nuestro blog "jugando-a-leer.blogspot.com" para beneficio de nuestros niños.
Atentamente,
Maritza Peguero.

José Acosta dijo...

Estimada Maritza Peguero, admiro mucho el trabajo que ustedes vienen realizando en Jugando a leer, y claro que autorizo que publiques mi cuento en tu portal.

Un abrazo

Jose Acosta

Unknown dijo...

Como siempre eres un genio cuando se trata de jugar con las palabras..
Deberias dedicarle mas tiempo a tu blog.
Saludos,
Narciso

JUAN MANUEL PARADA dijo...

Con este cuento tengo la experiencia de haberlo compartido en dos de los talleres de narrativa que dirijo en Venezuela y ver los rostros emocionados de los participantes. Lo pongo como ejemplo de Estructura narrativa y buen manejo del Clímax.
Mis felicitaciones a su autor, a quien respeto y admiro mucho.
Un abrazo para él y sus lectores.

Yoel Morales dijo...

es un puto genio. soy su fan, me he leido todos los cuentos que aparecen en la coleccion Los Derrotados huyen a Paris... mis favoritos: el del asesino de los techos y el de tratado de enfermeria, uff rico.

visita mi blog
www.mentesfritas.blogspot.com
me sentiria honrado si comenta en el.

he escrito algunos cuentos (la estupida musa no siempre colabora, esa infeliz) recientemente me dieron una mencion de honor en el concurso para talleristas de la sec de cultura. si tiene tiempo lealo, seria muy importante escuchar su opinion, se llama Catarsis:
http://tallerista.obolog.com/catarsis-yoel-baez-morales-174854

saludos

Kianny N. Antigua dijo...

José, ¡este cuento es fabuloso! Mis respetos. Tanto el manejo narrativo, como la velocidad, las imágenes y el tigueraje me han cautivado.

Nada, seguir leyéndolo... Un abrazo, KA

Unknown dijo...

Uuf el final Matoo🔥

Daniel Silverio Hurtado dijo...

lo leí hace, unos veinte años en un periodico nacional; en ese momento lloré y guardé la página mucho tiempo, luego lo perdí. pero siempre se me quedó en la mente el final. "Míreme ahora, doña Tatica, hija de la gran puta"!!! hace unos dias me acordé y lo busqué con la frase y aqui está!!! no lloré otra vez porque no estaba solo y me contuve.