miércoles, 12 de agosto de 2020

El método Hungría

 

Del libro El enigma del anticuario.

 

Desconfiando de su traje barato, visible el forro de satén a través del desgate en los codos, el ojal de la solapa deshebrado, los dos mozos vestidos como príncipes encantados lo detuvieron por unos minutos, lo interrogaron con abierta sorna y cuando comprobaron con el general Escarramán la validez de su invitación, lo dejaron pasar al Gran Salón del Hotel Embajador, donde se celebraba la victoria del Partido Reformista tras ocho años sin la batuta del poder. Hungría, en cuanto le indicaron la entrada con el gesto de desprecio con que se espanta a los perros de los banquetes, pensó: «Tanta mojiganga con la ropa, como si no supieran que el presidente está ciego».

            Al divisar al fondo la fogata de comensales que le calentaban los oídos a Balaguer, sonrió y empezó a pasearse por entre los grupos que, como grumos de leche cortada, manchaban el salón. En uno de ellos encontró a quien andaba buscando, le hinchó el bolsillo con un racimo de pesos arrugados y sucios y le dijo: «Ya sabe, coronel Toribio, cuando le toque saludar al presidente, sólo dígale: “¡Acaba de llegar Hungría!”, pero dígaselo con mucha admiración, usted comprende, como si hubiese llegado el presidente de los Estados Unidos». El coronel se rio, pensando que cuando se llega al poder, cualquier bobería produce dinero.

            Hungría era de mediana estatura, rostro voluminoso y colgantes papadas. Sus enormes manos agarrotadas denunciaban los años que llevaba tras el volante de un carro de transporte urbano, empleo en que había caído después de fracasar en su intento de terminar una carrera universitaria —cualquiera que fuese—, no por falta de habilidad e inteligencia, sino porque las necesidades se habían dado a la tarea de cercarlo hasta el ahogo. Vivía en un barrio de la ciudad de Santiago, en la misma casa donde había nacido. Bajo la protesta de su mujer y sus cinco hijos, había vendido el vehículo con el que se sustentaba, para costear el viaje a la capital, con fe ciega en conseguir un empleo en el nuevo gobierno.

            —Acuérdate que yo se lo voy a pedir directamente al Doctor —le bramó a su mujer, buscando su respaldo.

            —Los políticos, cuando llegan al poder, se olvidan hasta de sus hijos —replicó ella, enojada—. El esposo de mi hermana se secó durante veinte años en el partido y no fue sino tras muchos trajines que consiguió un puestito de mensajero en el Banco de Reservas. Por ahí anda el pobre en una bicicleta. ¡Despierta, Hungría! —lo regañó—. ¡Tú nunca has calentado una silla en la organización balaguerista! Desde que te vean preguntarán qué gallina puso ese huevo.

            Hungría sonrió.

            —No te apures, mujer. Yo sabré sacarle provecho a mi anonimato.

            Antes de entrar al vehículo, fletado para el viaje a la capital, se detuvo a conversar con un hombre que desyerbaba el jardín de la casa de al lado, para cuadrar la limpieza del suyo, cubierto de maleza.

            —¿Cómo se llama, amigo? —inquirió Hungría, tras hacer el trato, mientras miraba con visible estupor el rostro bañado en sudor del hombre.

            —Gumersindo Ramos, para servirle.

            —¡Gumersindo! —exclamó Hungría—. ¿Y dónde carajo bautizan a los niños de ese modo?

            —Bueno, el lugar de donde yo soy se volvió agua —dijo el trabajador, secándose el sudor con el dorso de la mano—. Se llamaba Guanajuma, quedaba por la sierra. Para hacer la presa de Tavera tuvieron que inundarlo. Toditos nosotros tuvimos que desgaritarnos para acá, atrás del majarete, usted sabe.

            Cuando el conductor, de semblante consumido y ojitos vivos y parpadeantes, encendió el motor y se puso en marcha, Hungría se sumió en una angustiante reflexión que le hacía mirar de vez en cuando el techo de forro descascarado del auto, acariciándose la barbilla. Desde que compró la invitación a través de unos amarres de alguien cercano al general Escarramán, concluyó que su oportunidad de hablar cara a cara con Balaguer, para pedirle —porque él francamente iba a pedir—, había llegado. «Yo voy a hablar con el tronco, no con las ramas», se decía constantemente, tratando de tranquilizar la marea de desconcierto e incertidumbre que le impedía organizar sus pensamientos.

Como chofer de transporte urbano, oídos alertas, se la pasaba escuchando a los pasajeros, o conversando con ellos. Por ello, cuando el conductor lo miró con sus ojitos encendidos a través del retrovisor, como buscándole la boca, Hungría empezó a regresar de su ensimismamiento, dejándose llevar por el diálogo como una forma de ahuyentar sus demonios.

            —¿Es la primera vez que va a ver a Balaguer personalmente? —preguntó el conductor.

            Hungría, la mirada fija en los ojillos de fuego, afirmó con la cabeza.

            —Quién lo iba a decir —prosiguió el conductor—, Balaguer de nuevo en el poder. Yo recuerdo que en el 78 don Antonio barrió el piso con él en su discurso de toma de posesión. Yo supongo que el 16 de agosto el Gallo Colorao se desquitará.

            Hicieron una parada en Bonao y mientras comían, llamó poderosamente la atención de Hungría un logo que un hombre de sombrero raído llevaba en una camiseta amarilla, sucia y rotosa: "Asociación de Campesinos de los Llanos. Unidos venceremos".

           

Hungría era una mariposa maltratada saltando de rama en rama en medio del salón florecido del hotel Embajador, escuchando en silencio, evaluando rostros, grabando palabras y gestos, como solía hacer en su trabajo cuando hallaba un pasajero importante. En sus años de oficio tras el volante había desarrollado la habilidad de detectar, con un simple vistazo al retrovisor, los rostros necesitados y los prósperos, los cargados de angustia o rebosantes de felicidad. Valiéndose de sus capacidades, pudo extirpar de la dentadura de comensales las muelas cariadas, curándolas al menos por el momento a cambio de favores extraños y risibles a los ojos de los escogidos.

            Gracias a esta distribución de dádivas los oídos de Balaguer se fueron llenando de frases como "Ahora déjeme saludar a Hungría, señor presidente, antes que el embajador de Francia se lo robe"; "Ese Hungría si se las trae, con tantas relaciones"; "Todo el mundo está loco con Hungría".

            Hungría, que observaba de lejos, sonreía seguro de que en cualquier momento el vaso se iba a rebosar; Balaguer no iba a poder resistir más y lo llamaría. Pero el anciano, encajado plácidamente en un sillón enorme para su figura escuálida, parecía escuchar sin oír a las sombras que desfilaban ante él, dejando a su alrededor un halo de lamentaciones. Pasada una hora, Hungría se sentía inquieto, nervioso. Una noticia que empezó a gatear por los corrillos de invitados le alargó más el semblante, sacudiéndole el corazón: Balaguer había ordenado que nadie le pidiera, que estaba cansado de tanto lloro y crujir de dientes.

            Hungría sintió como si lo hubiesen apuñalado por la espalda. Como un alma en pena, se dedicó por unos quince minutos a llevarse en el estómago lo que no podía llevarse en los bolsillos. Probó todas las marcas de vino, leyendo con aire derrotado las etiquetas que hablaban de cosechas de uvas de lejanos países, y luego, decidido, se metió en la fila dispuesto a jugarse su última carta. Al llegar ante el recién electo presidente de la República, Hungría se creció interiormente, inclinó el cuerpo y se acercó de tal modo a la cara de Balaguer que el cuerpo de seguridad del mandatario tembló, produciendo un taconeo nervioso en el salón.

            —Ya sé que usted no quiere que nadie le pida —disparó Hungría, con voz segura—. Pero yo he venido a pedirle. —Balaguer se encogió en el sillón como un ave de rapiña bajo una tormenta—. Usted debe de acordarse que yo le pedí en el 78 que le respondiera al discurso ofensivo de Antonio Guzmán. —la voz de Hungría se coloreó—. Pues yo he venido a pedirle que me dé una tarjeta para estar al lado suyo cuando usted tome posesión del gobierno, para que me dé la oportunidad de no morirme sin antes escuchar esa respuesta.

            Balaguer se puso de pie, desconcertando a los presentes, y fue y se abalanzó sobre el cuerpo macizo de la silueta que apenas divisaba ante él. Al abrazarlo con visible entusiasmo, le susurró al oído:

            —Si todos tuvieran su nobleza, este país fuera el paraíso terrenal.

            Hungría sonrió, mientras notaba los gestos de perplejidad de los comensales.

            —¿Cuál es su nombre, compatriota? —se interesó Balaguer. Los guardias, tras el sillón, se calmaron.

            —Hungría Hernández, presidente de la Asociación de Campesinos Reformistas de Guanajuma, en la Cordillera Central, con más de cinco mil afiliados.

            Balaguer le palmeó la espalda con un gesto de satisfacción y lo despachó con un breve discurso sobre la importancia del campesino dominicano. Hungría se alejó, serio el semblante pero gozoso interiormente. Ahora le faltaba dar el golpe final, previamente contratado. Por eso, cuando vio al coronel Toribio acercarse al Doctor, para decirle «Tan buen dirigente que es Hungría, y aún no lo han colocado en el gobierno», no se extraño de que lo vinieran a buscar.

            —¿Qué estaba usted pensando, Hungría? —le dijo Balaguer—. ¡Dejarnos desamparados en el poder! —Y luego, volviendo el rostro hacia su cuerpo de ayudantes, sentenció—: Llamen a Rodriguito, para que este compatriota no salga de aquí sin su nombramiento.

            Hungría salió del salón con aire triunfal, abriéndose paso por entre los rostros turbados, acompañado por dos hombres bien vestidos. Atravesó el lobby del hotel y sus acompañantes lo guiaron hasta el ascensor. «Piso 12, suite 12-45; enséñele la tarjeta del Doctor al licenciado Rodríguez», le dijeron antes de abandonarlo. Hungría llegó a la puerta señalada. Adentro se escuchaban personas conversando en voz alta. Tocó y un joven acicalado lo dejó entrar. La antesala de la suite estaba en penumbra y más adelante, bañada por una luz suave, semejante a la de los cafés, se abrió ante Hungría el paisaje que él estaba esperando. Sobre una mesa dispuesta en el centro de la habitación nadaban decenas de hojas de nombramiento que a Hungría casi les sacan las lágrimas. Sentado a la mesa, con el nudo de la corbata suelto y la camisa desahogada, se afanaba firmando documentos el licenciado Rodríguez, dueño de un rostro digno de ser canonizado, blanco y pulcro.

            —Me acaban de llamar, don Hungría —dijo sin inflexión en la voz—. Lo hemos nombrado en el Archivo General de la Nación.

            Hungría enrojeció de furor.

            —¡Y de quién es la ofensa! —gritó—. ¿Acaso me ve la cara de pordiosero? Cuando llegue a la provincia de Santiago y vean la miseria que me ha dado el partido, ¿qué cree usted que pensarán los diez mil afiliados del sindicato?

            El rostro de Rodriguito adquirió la palidez de los muertos.

            —¡Cálmese, hombre! —se puso de pie y le pidió que tomara asiento.

            —¡No, licenciado! —se subió Hungría—. Ahora mismo voy a hablar con mi amigo Balaguer. Esta es una ofensa imperdonable. ¡Imagínese! El licenciado Hungría Hernández archivando papeles en el cascarón de un edificio.

            Hungría se volvió, decidido a salir, pero el licenciado Rodríguez, en un tono casi lloroso, le pidió que se quedara, que le perdonara la indelicadeza y que le diera una idea del puesto en el cual deseaba servirle al país.

            Hungría arrastró con gran ruido una de las sillas y se acomodó, con la expresión placentera con que solía sentarse en la galería de su casa los días de asueto. En una mesita cercana reconoció una botella de vino, de las que había degustado durante la reunión. Preguntó, con aire grandilocuente, si era un Merlot de la cosecha de 1978, de Bordeaux, una cepa exquisita oriunda del sudoeste de Francia. El jovencito, al revisar la botella con ojos desencajados, afirmó con un movimiento nervioso de la cabeza. Hungría se hizo servir medio vaso, lo olió con ternura, lo cató con concentrada delicadeza. Poco después, comenzó a hablar.

 

jueves, 30 de julio de 2020

El soplón




(Del libro El patio de los bramidos, Premio Nacional de Cuento)


Un auto de lujo se estacionó frente a la casa solariega. Del vehículo, un Mercedes-Benz color plomo, salió un hombre entrado en años, de talante esquivo, vestido con traje y corbata y tocado con un quepis. El hombre miró con aire desconfiado la fachada de la vivienda, y al ver a un anciano en pijama sonriéndole amigablemente le preguntó si aquella era la residencia del señor Demóstenes Escarramán. Soy yo, contestó el nonagenario ocultando su eterna sonrisa bajo un gesto de gravedad. El hombre palideció. Un brillo de terror se posó en sus ojos. Demóstenes Escarramán vivía en la casa de al lado y era un secreto a voces en toda la ciudad que el individuo era un soplón de Trujillo, miembro del Servicio de Inteligencia Militar, brazo armado de la tiranía, conocido como el SIM.


El anciano se llamaba don Tito Corona, un ricachón de Puerto Plata famoso entre sus vecinos por su carácter socarrón, quien se pasaba todo el santo día en el porche de su vivienda, arrellanado en una mecedora, viendo, según su propia expresión, cómo se iba desmoronando el mundo.


Perdón, señor Escarramán, la verdad es que lo hacía más joven. El anciano le dirigió una mirada torva. ¡Para servir al Padre de la Patria Nueva, le dijo, no hay edad! ¡Con tener buenos oídos y buena lengua basta y sobra! Y usted, ¿quién es? Ah, perdón, señor Escarramán, me llamo Lucas, Lucas Gómez, y soy el chofer del doctor Rodríguez. ¿El médico o el abogado?, quiso saber don Tito. El abogado. El nonagenario torció la boca con una mueca de viva repulsión y le dijo a su mandadero, quien estaba cerca de él regando el jardín, que abriera el portón de la verja y dejara pasar al visitante. Y trae otra silla, Hipólito, agregó. ¿Y qué vientos lo traen por aquí?, le preguntó a Lucas cuando lo tuvo sentado a su lado. El hombre se quitó el quepis y comenzó a manosearlo con movimientos nerviosos. Vengo a denunciar una trama contra el régimen, soltó de un tirón y respiró hondo, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Una trama, repitió don Tito. Así es, repuso Lucas; están entrenando a un grupo de desafectos al gobierno en la sierra, con el propósito de matar a Trujillo. Lo contaron todo delante de mí. Yo iba conduciendo, pero usted sabe, señor Escarramán, uno también tiene oídos. Don Tito miró al hombre con una nota de suspicacia y le preguntó qué quería a cambio de su denuncia. La boca de Lucas dibujó una tímida sonrisa. ¿Qué puedo yo querer, señor Escarramán?, expresó. Solo deseo cumplir con un deber ciudadano. Don Tito lo fustigó agriamente: ¡A no me venga con recatos de quinceañera, coño, pedazo de mierda! ¿No se da cuenta de la gravedad del asunto? ¡Usted va a salvar el país! ¿Y no quiere nada a cambio? ¿No le suena raro? ¿Me está tratando de joder, hijo de su maldita madre? Lucas, perplejo ante aquella andanada de insultos, se estremeció. Sus manos temblaban. ¡Pida, coño, pida lo que le su maldita gana! ¡Es a Trujillo a quien está salvando! El hombre sudaba. El quepis se le resbaló de las manos y cayó al piso y él no tuvo el valor de recogerlo. Bueno, dijo al fin con voz trémula y avergonzada, si usted lo dispone así, señor Escarramán, me gustaría que me dejaran quedarme con el auto. ¡Excelente!, exclamó el nonagenario. ¡Así me agrada! Usted quiere denunciar a su patrón, al doctor Rodríguez, a cambio de su auto. ¿Escuché bien? Lucas asintió. Recogió el quepis, lo limpió con el antebrazo y se lo puso. Don Tito le preguntó cuántos años tenía al servicio del abogado y el hombre contestó que desde que tenía uso de razón. Mi madre era la cocinera de la casa y yo prácticamente me crie con la familia. ¿Y tiene usted alguna idea de las consecuencias de su denuncia? Lucas se quedó mirándolo, esperando una explicación. El SIM se presentará en casa del doctor Rodríguez. Se lo llevarán a La 40, lo meterán en una mazmorra y allí le darán una pela con un chucho. Lucas rio, vengativo. Y falta más, continuó el anciano. A su patrón le bajarán los pantalones, le agarrarán los cojones (don Tito, para hacerlo más gráfico, se llevó las manos a la entrepierna), los pondrán encima de un yunque y ¡pam, pam, pam! Se los majarán hasta hacerlos puré con una mandarria de acero, los rebanarán con una navaja, ¡zas!, y se los harán comer. A Lucas se le desencajó el semblante. ¿Eso le harán?, dijo. Tragó en seco. La nuez del cuello le convulsionó.


Don Tito, severo el semblante surcado de arrugas, los pelos de las cejas erizados como cepillos, guardó silencio con el objeto de aguardar hasta que el hombre asimilara en toda su crudeza la descripción de la tortura. Un auto, dijo después, un maldito auto es lo que cuesta para usted la vida del doctor Rodríguez. ¿De veras cree usted que la vida de un hombre puede intercambiarse por esa porquería? Lucas, desconcertado, no supo qué contestar. Vamos, Lucas, lo animó el nonagenario; póngase en el lugar de su patrón. ¿Cree usted que la vida suya vale un auto?


Pero estamos hablando de un traidor, se envalentonó el hombre. Don Tito, al escucharlo, se sacudió de tal modo que la mecedora crujió como si fuera a resquebrajarse.


¡Traidor!, explotó. ¡Usted se atreve a hablar de traición! ¡Usted que viene a darle el beso de Judas a la persona que le da de comer! ¿Por qué cree que el doctor Rodríguez reveló la trama de la sedición delante de usted? ¿Porque creía que tenía al volante a un muñeco de trapo? No, Lucas. El abogado lo puso en el secreto por considerarlo a usted un hombre de su entera confianza, un miembro de su familia. El anciano resopló. Lucas, agregó, la vida de un hombre, aunque sea un traidor a la patria como usted lo considera, no vale una porquería de auto, vale más. ¡Y yo quiero, coño, que me diga qué otra cosa desea usted que el gobierno le a cambio de esa vida!


Lucas, irresoluto, no sabía qué hacer. Miraba al anciano y luego a la calle con semblante desvalido. Un sudor helado le corría por la espina dorsal. Pues, si usted lo dispone así, señor Escarramán, déjenme también la casa. ¿La casa del doctor Rodríguez? Sí, contestó nervioso Lucas, temiendo otra increpación. Don Tito se quedó pensativo. Me parece bien, concedió, y el hombre exhaló un largo suspiro de alivio. Pero nos hemos olvidado de otro detalle, Lucas. ¿De cuál? De la familia del abogado. Porque si se trata de la persona en quien estoy pensando, del doctor Rodríguez, el que tiene un bufete de abogados frente al parque Central, es un padre de familia, con cinco hijos casaderos, si mal no recuerdo. Lucas asintió. ¿Qué tiene que ver la familia del patrón en esto?, preguntó. Y don Tito, casi en un susurro, como si sus palabras no tuvieran peso alguno, reveló que cuando el régimen descubre a una rata, le pega fuego también a la madriguera. La esposa del doctor Rodríguez y todos sus hijos serán perseguidos por el SIM y pasados por las armas. El viejo estalló en unas carcajadas tan intempestivas que crearon el mismo efecto que una maldición gritada en medio de un oficio religioso. Lucas, pálido de pavor, lo miró con repugnancia. Se puso en pie y cuando iba a anunciar su partida, el nonagenario le ordenó que se sentara. ¡Todavía no hemos terminado, coño! ¿Qué mierda es? Ya hicimos un trueque, ¿cierto? Cambiamos la vida de un hombre por un auto y una casa. ¿No es así? Lucas asintió y bajó la cabeza esperando lo peor. Ahora la cosa se le complica, Lucas. Ahora tenemos seis vidas más, la de la esposa del abogado y la de sus cinco hijos. ¿Cómo se llama la esposa del abogado?, inquirió mirando a su víctima. Doña Aurora, murmuró el hombre sin levantar la cabeza. ¿Cómo? ¡No lo escucho! Doña Aurora, volvió a murmurar Lucas. ¡Hable duro, coño, hable como un hombre, basura de mierda! ¡Póngase a la altura de las circunstancias! ¿No se da cuenta de que está escribiendo páginas señeras de la Historia dominicana? ¡Está evitando, coño, que maten al presidente! Pero ya el hombre estaba hecho un ovillo en la silla, el rostro pálido, las manos trémulas aferradas al quepis como un náufrago a una tabla salvadora. Doña Aurora, dijo con voz quebrada y comenzó a sollozar.


El anciano alargó una mano rocosa y manchada, de dedos nudosos, y la posó como un arácnido disecado en la rodilla del hombre. Váyase, Lucas. La patria está en deuda con usted. Regrese cuando encuentre en este mundo algo con tal valor que pueda intercambiarse por la vida de un ser humano. El hombre se puso en pie. Recuerde esto, Lucas, agregó el nonagenario. Cuando usted le quita una moneda a alguien, no se queda solamente con la moneda, se queda con el hecho de haber despojado a ese alguien de esa moneda. La moneda le puede durar un minuto, un mes y hasta veinte años, pero el hecho, Lucas, el hecho dura toda la vida, no lo abandona jamás. Se mantiene pegado de usted como su propia sombra.


El hombre bajó los escalones del porche sumido en un profundo silencio. Cuando cruzaba el portón, Lucas se volvió y dijo: Usted no es Escarramán, ¿verdad? No, Lucas, respondió el anciano, yo no soy Escarramán. Se ha equivocado de puerta. Escarramán vive en la casa de al lado. Usted, mi sirviente Hipólito y yo somos el pueblo llano, y estamos en el lugar de nuestro país que nos corresponde. Escarramán es el régimen de Trujillo, y el régimen de Trujillo está en todas partes. Para denunciar la trama de una conspiración contra Trujillo, no tenía que venir tan lejos. Con vociferarla en medio de cualquier calle bastaba y sobraba para que llegara a los oídos de la dictadura.


Lucas salió a la calle cabizbajo, se montó en el auto y desapareció.