domingo, 24 de octubre de 2010

Quizás con las nubes de la tarde

¡Si hubieras obedecido a tu padre...!, pero ya estás en el primer descanso de la escalera tratando de decidirte entre seguir subiendo o bajar hasta el frente del edificio a gritar para que Paquito se asome a la ventana. Vamos para la piscina, le dirás, y él te hará señas para que esperes un momentico en lo que se prepara. Recuerdas que así fue al principio del verano pasado; pero ahora te interesa ver a Adela, su hermanita, que ya cumplió los catorce y que el año pasado se burló de ti mientras intentabas un clavado desde el trampolín más alto. Estabas allí paralizado, en la punta firme del trampolín, la cabeza de Paco fuera del agua incitándote a lanzarte y Adelita a su lado señalándote con sus dedos de mariquita con un arranque de risotadas. Caíste de espaldas y todavía en la tarde, al salir del club, ella te subía la camiseta para mostrarle a las otras chiquillas lo colorado que te habías puesto.

Empiezas a subir las escaleras mientras piensas que ahora Adelita ya no podrá reírse de ti. Durante gran parte del invierno, en la piscina techada de la avenida Broadway, en Manhattan, practicaste hasta perfeccionar ese clavado de giro y medio que de seguro la dejará con la boca abierta. Oprimes el timbre de la puerta y esperas un instante. Es extraño que nadie haya acudido a abrir, y más extraño es ese silencio del otro lado de la puerta. “En este apartamento es imposible estudiar”, siempre se quejaba Paquito. Los dos niños, cuando no saltaban sobre los muebles, se peleaban por algún juguete. Por su lado Adelita sintonizaba una de esas emisoras de música Rap, con su estridente monotonía escandalosa, repleta de palabras obscenas. La madre no se quedaba atrás, todo lo arreglaba dispersando un cúmulo de maldiciones; las órdenes que impartía, aunque las emitía con un ronquido militar, eran desoídas por los chiquillos. El más tranquilo era don Felipe, el padre, del cual se comentaba que era el principal proveedor de drogas de los puntos del vecindario. Pero a ti eso ni te iba ni te venía, a pesar de que tu padre te había prohibido terminantemente visitar el apartamento de Paquito.

Y era que visto así, de cerca, a ti te parecía que don Felipe era un hombre inofensivo, bueno y sobre todo paciente. El pobre don Felipe, con su cuerpo enjuto, como de tísico, él que a veces se desaparecía por largas temporadas y cuando volvía se le veía más robusto, como si hubiese estado internado en un centro de salud.

Sientes unos pasos acercándose. Ves la pequeña moneda de luz del ojo de la puerta abriéndose y cerrándose. Los pasos retroceden y tú vuelves a insistir con el timbre. No puedes imaginar qué está pasando ahí dentro. Tú sólo quieres ver a Adela y tratar de que se anime a ir con Paquito y contigo a la piscina, quieres mostrarle lo bien que ya haces tu performance desde el trampolín más alto. Si en ese momento te hubieras devuelto..., pero te costó subir cuatro pisos alcanzar esa puerta y ahora estabas totalmente seguro de que ellos estaban ahí.

Ahora el timbrazo fue más intenso, como un reclamo. Escuchaste los pasos acercándose apresuradamente. Ruido de llavines, del pestillo grueso. Un desconocido abre bruscamente la puerta y casi a empellones te conduce a la salita donde tienen a los muchachos atados y amordazados. No es difícil para ti adivinar lo que ocurre pero sólo cuando sientes ese dolor cortante en tus muñecas atadas es que lo asumes integrándote como un espectador se integra a la película desde la lejanía de su asiento. Paquito está a tu lado, sus ojos sufridos relucen tratando de comunicarte algo; algo que ya tú sabes pero que él quiere decirte de todas maneras. Adelita está junto a los niños que miran absortos hacia todas direcciones, sin comprender. A la señora la tienen en el cuarto con don Felipe. No puedes verlos pero lo sabes. Hay dos hombres allá dentro, escuchas sus palabras asediantes, preguntando por algo que si recibiera respuesta de seguro le costaría la vida a la familia de Paco, eso lo piensas, o no, eso le escuchaste decir a don Felipe en un tono suplicante, con una voz ahogada, hecha jirones.

Pero tú no te incluyes y piensas que ellos lo saben. Estás ahí y es como si no estuvieras. Miras sin ver a los tipos voltear los muebles, en tus ojos se refleja la luz del cuchillo cortando con furia el cuerpo inerte del sofá. Ves caer de golpe un paquete que a ti te pareció insignificante, sin dignidad; un ladrillo, deduces, un ladrillo envuelto con papel aluminio. Ves caer otro y luego otro, ya son muchos los ladrillos plateados que van echando dentro de una bolsa negra pero que no suenan como ladrillos, suenan más bien como huecos, como si la bolsa la estuvieran llenando de huecos y tú los escucharas lejos de allí, desde la punta del trampolín, es Adelita allá abajo jugando con el agua de la piscina, golpeándola con su mano arqueada, y tú en silencio esperando que ella mire lo bien que te balanceas, saltas, das un giro y medio y ahora, desde el aire, escuchas el estallido de un disparo, luego otro, pataleos, pisadas, luego otro disparo, los pasos se te acercan, otro disparo, y ahora sientes la punta caliente del arma en algún lugar de tu cabeza, abres los ojos instintivamente, allá abajo el agua azul de la piscina se oscurece quizás con las nubes de la tarde.