Cuando miraba las fotos de Harry que
cada año el Centro de Niños Desaparecidos te enviaba actualizadas desde el
extranjero, pensaba que mi hermano iba creciendo junto a nosotros, que aquel
niño, por obra del destino, se había ido a vivir a aquel lejano país donde
sepultaron a papá, que en realidad Harry continuaba en este mundo. Pero yo, más
que nadie, sabía la verdad, mamá.
Y hoy lo recuerdo con esa frescura propia del presente, como si en este
día soleado yo hubiera saltado el muro de los años y lo estuviera viendo jugar
en el patio. Pequeño torpe de dos años, que apenas hilvanaba sus primeras
palabras, corriendo bajo la sombra del limoncillo, perseguido por la mirada
vigilante y alegre de la madre que al fin le nace un hijo saludable.
Yo lo miraba desde mi silla de ruedas donde la poliomielitis me había
secuestrado los primeros años de la infancia hasta que, desaparecido Harry, tú
te ocupaste de mí e hiciste que me operaran. Y ahora, aunque renqueando y con
esa zafia manera de balancear mi anatomía, te llevo a ti, mamá, en la silla de
ruedas con que la vejez te esperó al final de tus días, como para que sintieras
en carne propia mi padecimiento.
Desde que salimos del auto, los nuevos dueños de la casa nos miran como
a seres de otro planeta. Y es que en este mundo de perfecciones, ver a un
minusválido empujando la silla de ruedas de una anciana ha de ser un cuadro
extraño y por lo demás desolador. De hecho, cuando les pedí autorización para
pasar al patio, al pedazo de tierra donde había mirado correr mi infancia como
las aguas de un río que irremediablemente se va secando, los dueños,
transparentado un gesto de pena en el rostro y dando muestras de magnanimidad, no
solo nos permitieron la entrada, sino que insistieron en que lo hiciéramos por
el interior de la vivienda.
¡Cuántos recuerdos se amontonan en estas paredes, mamá! Tras esa
cortina, en la habitación cuyas persianas dan al patio, fue donde escuché por
vez primera los vagidos del que había llegado para interponerse entre nosotros.
Y pese a que nunca te avergonzaste de mí, cuando el chiquillo llegó así tan
rosadito, tan rebosante de salud, te confieso que sentí envidia y este
asediante sentimiento solo se disipó cuando, después de terminar mi carrera y
contraer matrimonio, nació mi hijo. ¡No sabes cuánto he sufrido desde entonces,
mamá! Viéndolo crecer veía crecer a Harry y en las noches, cuando el silencio
se mezclaba con los sonidos del patio y mi pequeñito, temeroso de la oscuridad,
entraba sigiloso a mi habitación para acostarse a mi lado, yo también veía a mi
hermanito, su sombra pequeñita y trémula entrar en el silencio de la muerte,
solo, terriblemente solo, mamá, sin nadie que le diera abrigo en la helada
noche infinita.
No te imaginas cuántas noches, al escucharte llorar, quise ir a
consolarte, a contarte este secreto que lentamente me ha ido consumiendo. Pero
nada, sino tu fe, me lo impedía. Esa certeza tuya de que Harry estaba vivo,
certeza que, con el correr de los años, se convirtió en la razón de tu
existencia.
Todavía recuerdo los regresos de papá cada Navidad. Por eso, cuando
llega diciembre, en mi espíritu aparece una isla luminosa donde descanso de
esta pesadilla. Tal vez ese remanso de paz es el que me ha permitido seguir con
vida. La ropa que me traía y esos juguetes que olían a tierras lejanas, a
modernos edificios que yo nunca iría a conocer. Por el amor que le profesaba
también escondía tu secreto, mamá; porque no quería que por mi culpa mi padre te
abandonara. Gracias a mi silencio, él murió sin enterarse de esa sombra que en
las noches invadía tu cuarto y te hacía gemir como a una cualquiera.
Veo que tiemblas; tienes frío bajo este sol candente; yo también
conozco ese frío que se presenta cuando nos quitan la túnica, el oscuro manto
con el que nos hemos protegido durante toda la existencia. Sí, mamá, desde mi
habitación, aquella última Navidad en que el viejo llenó de fiesta los rincones
de la casa, escuché sus reclamos y tus alegaciones sobre la procedencia del
niño que había importunado con su presencia la paz de nuestras vidas. Papá se
marchó y por tus lloros entendí que era para siempre. Pero tres días después
―tú nunca lo supiste― él abrió la puerta de madrugada y entró como un ladrón en
la casa. Desde mi habitación yo reconocí sus pasos y me alegré de su regreso.
Escuché la calmada respiración con que dormías y la incursión sigilosa de mi
padre en la habitación de Harry. Quise salir a rastras por el piso para ir a
besarlo, pero luego lo escuché abrir la puerta del patio. Valiéndome de mis
manos, me asomé a la persiana y, bajo la luz de la luna, fui testigo de una
escena que me estremeció de terror. Harry ni siquiera lloró, mamá.
Lo que sucedió al día siguiente ya lo sabes. Esa historia que inventé
del hombre blanco que había hurtado al chiquillo mientras este jugaba en el
patio aquella mañana encajó, sin proponérmelo, con las constantes denuncias de
robo de niños que tanto pregonaban en esa época en los medios de comunicación
del país.
Pero ya estoy cansado de llevar esta carga que me dejó papá cuando,
meses después, lo hallaron desangrado en su apartamento de Brooklyn. Yo fui el
único que comprendió su muerte. Y es que esto pesa, mamá. No sabes cuánto
cuesta cargar con un crimen, aunque no haya sido uno el que lo haya cometido.
Harry me ha seguido toda la vida. Ha estado conmigo los días de felicidad y de
tristeza y no hay un lugar en este mundo, ni siquiera dentro de mi sueño, donde
pueda esconderme de él.
Por esta razón te he traído aquí, mamá, porque ya quiero que se vaya,
que se aleje de mí, que se hunda en el hueco de tu regazo para que lo llenes de
consuelo con tus rezos.
El patio ha cambiado: luce más triste. En este extremo solo queda el
tronco del limoncillo que durante mi infancia nos dio su fruto y su sombra y
allá, donde cavaron el pozo séptico en aquel entonces, han plantado unas rosas.
¡No; no te esfuerces en hablar y no llores! El camino es amargo y pesaroso y
aunque para cualquiera solo mide unos metros, para nosotros mide decenas de
años. ¡Toma mi mano, mujer, y ya no busques más, porque aquí, bajo estos
rosales, está Harry!
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1 comentario:
Es un cuento doloroso y profundamente humano. La confesión avanza con una ternura inquietante hasta revelar una verdad devastadora, donde la culpa pesa más que el crimen mismo. El patio funciona como un símbolo poderoso de la infancia y del secreto enterrado.
Habla del amor deformado por el silencio, de la fe como refugio y como condena, y de cómo ciertos secretos no se entierran nunca, aunque estén bajo rosas.
Un relato oscuro, pero bello en su intensidad y en la manera en que muestra cómo el silencio puede marcar toda una vida.
Me encanto, simplemente fantastico💜
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